"La lenguaje no es creado por el individuo, sino el lenguaje es el que crea al individuo."

"Masas concurridas; la identidad ha muerto. Es vuestra vida, es vuestra deserción."

"Los necios e ignorantes no aspiran a adquirir conocimiento, pues el verdadero mal de la incultura está precisamente en que sin saber nada creen saber mucho"

lunes, 4 de febrero de 2013

La presunción en la membrana del árbol. (1ra. parte)

Una de las cosas para las que no sirven la lectura o la escritura es para presumir los nombres de gente que uno conoce.

Me gusta mucho eso que llamamos imaginación—la habilidad para ver lo que no está delante de los ojos— y me gusta que así funcione la lectura. Le das a la gente unas cuantas marcas simples y abstractas, que representan sonidos pronunciables, que a su vez representan significados imaginables y que crean imágenes de sí mismas. También me gusta la atención —siempre y cuando no se dirija a mí— y me gusta que así funcione escuchar. Le das a la gente algunos sonidos simples y reproducibles, que representan, de nuevo, significados imaginables y, si los quieren escuchar, probablemente lo harán. Si no los quiere escuchar, tal vez no. Así que sólo hablaré e, incluso cuando un apoyo visual podría ser útil las imágenes tendrán que formarse en sus mentes. Las pinturas rupestres en Chauvet y Lascaux, las vasijas pintadas de la Grecia arcaica, los rollos egipcios ilustrados y los códices pictográficos del México precolombino nos recuerdan que los apoyos visuales son muy viejos. Presentar imágenes y dejar que las palabras se formen en la mente de las personas puede ser tan bueno como el método opuesto. Pero quiero recordarles, si me lo permiten, que la lectura es una forma de concentración, como sentarse alrededor de una fogata para escuchar o acostarse a la luz de las estrellas para observarlas. Las palabras, tomando una frase de Eric Gill, no son cosas ni representaciones de las cosas: son gestos —y los gestos, escritos o hablados, son lo que mejor las representan—. Esto es fundamental para el pasado de la lectura y, apuesto, para su futuro.

He escuchado cosas muy interesantes e incluso cosas que describiría como esperanzadoras. Yo me considero sumamente optimista y para probarlo les diré que, aunque todo indique lo contrario, creo que es muy probable que haya un futuro. Incluso creo que la lectura, definida en un sentido muy amplio y profundo, puede ser parte de ese futuro. Si el Homo unsapiens participará de él es una pregunta distinta. La actividad humana de los últimos siglos ha sido en su conjunto tan miope y egocéntrica que ahora es difícil defender la idea de que nuestra especie merece un futuro. Pero claro, lo que no mereces no es siempre lo que no recibes. Hay muchas excepciones individuales y no dudo de que muchas se encuentran en este país. Pero lo que hacemos todos juntos, como especie, es sentarnos en la cima de la cadena alimenticia, engordándonos. ¿Qué futuro hay en eso?

Hubo un época en que las humanidades (que de alguna forma u otra siempre dependen de la lectura) y las ciencias (que dependen tanto de la lectura y la escritura como de la investigación) se promovieron entre los políticos y los contribuyentes con la idea de que éstas llevarían a la gente a pensar más allá de su miopía y egocentrismo, a tener una perspectiva más amplia en el espacio, más larga en el tiempo, más respetuosa de la diversidad biológica y con un enfoque ambiental más vasto. Esto no funcionó. Hay más seres humanos leyendo y escribiendo ahora que nunca antes y el apetito por ciertos tipos de lectura es posiblemente el mayor que haya existido, pues en la era de las computadoras personales y los mensajes de texto leer es una forma cada vez más poderosa para que las personas hagan tratos financieros y sociales.

Esto pudo haber empeorado las cosas. La lectura se está manifestando como una forma más para que los seres humanos abusen de todo y de todos, para ejercer mayor control sobre otras especies y para extraer más recursos de los miembros de nuestra especie que todavía no han nacido. En estas condiciones cada vez es más difícil defender la idea de que los seres humanos merecen un futuro, e incluso de que la lectura merece un futuro.

Quizá se preguntarán qué quise decir cuando me describí como un optimista. Permítanme aclararlo. La biosfera en su totalidad, hasta que el equilibrio de poder comenzó a cambiar en el neolítico y otra vez durante la revolución industrial, fue al parecer un éxito rotundo. Millones de especies han muerto —los registros fósiles están llenos de ellas— pero la biosfera como un todo, la ecología global como un todo, con sus habitantes —incluyendo los seres humanos preindustriales—, fue un proyecto exitoso. Billones, trillones, cuatrillones, quintillones de criaturas asesinaron y se comieron unas a otras, y las que no lo hicieron se murieron de hambre, pero así funcionaba el sistema. Ninguna especie tenía demasiado poder, así que ninguna podía tomar el control. Hubo seres humanos que vivieron en ese mundo, bajo esas reglas, por al menos cien mil años —y lo hicieron con modestia y éxito—. Vivieron de miles de maneras distintas, en miles de ambientes distintos, en África, Asia y Europa, Australia y Oceanía, Norte y Sudamérica.

Durante la mayor parte de ese tiempo —al menos el 95 por ciento— no se leía ni se escribía en el sentido estricto, antropológico, de esas palabras. Pero sí existían la mayoría de las cosas para las que sirven la lectura y la escritura, de acuerdo con los lectores y los escritores: había literatura; había relatos, mitológicos e históricos; había canciones y proverbios y parábolas; había también grandes ciclos de historias, cadenas de historias. Incluso podríamos llamarlas libros, si ustedes pueden evitar la idea de que los libros tienen que ser objetos materiales.

Si definimos un libro como un objeto físico —un códice, por ejemplo—, entonces nos aferraremos a la idea de que una agenda telefónica, una lista de partes, un catálogo de ventas por correo pueden ser libros tanto como lo son Moby Dick o Ulises o Madame Bovary, mientras que una epopeya o un ciclo de historias, que incorporan la sabiduría de sociedades milenarias que supieron cómo vivir en su parte del mundo sin destruir la riqueza de ese mundo, sólo serán libros cuando sean escritos.

Hay mucho que decir sobre la definición inmaterial de un libro, pero a grades rasgos es la siguiente: un libro es un tejido verbal, una estructura de palabras tan grande y rica que uno se puede perder en ella. Es un bosque de lenguaje estructurado y significativo, un acotado ecosistema de lenguaje, una cascada de lenguaje, sin importar si es escrito u oral. Un libro material que no contenga un bosque semejante entre sus cubiertas es un caparazón vacío, un cadáver, un cuerpo sin alma. Es un maniquí que aparenta ser un libro, pero que no puede actuar como tal cuando se pasan sus páginas.

El libro físico —como dijo Richard Lanham— puede tener un valor de talismán y eso es importante. Sin embargo, cuando tratas con talismanes tienes que recordar la diferencia entre el talismán mismo y el espíritu que representa. Moby Dick es un libro y algunos lo amamos tanto que queremos honrarlo al componerlo con una magnífica tipografía e imprimirlo bien, en muy buen papel, tal vez con algunos estupendos grabados en madera de barcos, arpones y ballenas que ofrezcan cierto alivio gráfico, y luego empastarlo muy bien y mostrarlo como un icono. Hacer esto es algo bueno. Pero si el vestuario es demasiado llamativo, puede resultar contraproducente. Los libros, ya sean escritos u orales, son y deben ser objetos útiles. Tienen que usarse, como los zapatos y los calcetines. En otras palabras, los tienes que leer —y para que valgan la pena tienes que leerlos tú mismo—. No hay máquinas que lo puedan hacer por ti; tampoco lo puede hacer otra persona. Alguien más podría leerlo en voz alta mientras escuchas, pero de todos modos tienes que leerlo con tus oídos en vez de hacerlo con tus ojos.

Seguramente algunos conocerán ese maravilloso poema de Pablo Neruda en que celebra un hermoso par de calcetines que una mujer llamada Maru Mori tejió para él. Dice así:

resistí
la tentación aguda
de guardarlos
como los colegiales
preservan
las luciérnagas,
como los eruditos
coleccionan
documentos sagrados,
resistí
el impulso furioso
de ponerlos
en una jaula
de oro
y darle cada día
alpiste
y pulpa de melón rosado.
Como descubridores
que en la selva
entregan el rarísimo
venado verde
al asador
y se lo comen
con remordimiento,
estiré
los pies
y me enfundé
los
bellos
calcetines,
y luego los zapatos.*

Eso es lo que se debe hacer aun con el par de calcetines más fino; eso es lo que se debe hacer con los libros más finos. Pero para que resistir la tentación de ponerlos en una jaula de oro valga la pena, la tentación debe estar ahí. Deben ser obras en las que te puedas perder, obras contra las que te puedas medir y obras que aprendas a amar y, por tanto, a atesorar.

Una definición inmaterial del libro va de la mano, a mi parecer, con una definición inmaterial de la lectura. En el sentido más amplio, creo que significa simplemente presentar atención a lo que está frente a ti y tratar de entenderlo. Los peces lo hacen cuando nadan en el agua. Los pájaros lo hacen al volar por el aire y al posarse en los árboles o en los postes de luz a esperar el desayuno. Los gusanos lo hacen cuando pican la tierra y yo lo hago, no sólo en la biblioteca, sino también cuando escucho esos pájaros o cuando miro el agua y pienso en esos peces. Esta forma fundamental de la lectura es mucho más antigua que la primera inscripción protoliteraria, más antigua que el habla humana, más aún que los primeros primates anónimos que trepaban los árboles del norte de África hace unos sesenta millones de años. El mundo de esos tempranos lectores ha sufrido la acción de los seres humanos y sus máquinas en los últimos siglos, pero sigue existiendo, y ese tipo de lectura sigue existiendo. A donde va la seguimos. En el sentido amplio de la palabra, también hay escritura en ese mundo. Hay millones de criaturas que escriben significados en el aire y en la tierra, que lloran, gritan y hacen gestos, que abren caminos y dejan rastros. Pero las criaturas que no están en la cima de la cadena alimenticia tienen que leer más de lo que escriben. En este reino la lectura es más abundante, más importante y cotidiana que la escritura. Es lo que tienes que hacer, día tras día, para comer y aplazar el día en que tú, a tu vez, serás alimento.

Ese tipo de lectura y escritura no sólo es casi universal, es también natural.

Dije hace un momento que la escritura de los seres humanos es llamada artificial, pero artificial es una palabra engañosa. Hay evidencia de que este tipo de lectura y escritura es, en ciertas condiciones, natural e inevitable para los seres humanos. La evidencia es clara. Más de una vez, grupos muy organizados de personas inventaron y desarrollaron sistemas de escritura, independientes los unos de los otros, en lugares extremadamente alejados. ¿Cuántas veces? No lo sabemos, pero al menos tres: cerca del Tigris y el Éufrates en Mesopotamia, cerca del Huáng Hé o río Amarillo en China central y cerca de Río Azul en Yucatán y el norte de Guatemala.

El valle del Nilo en el norte de Egipto y el valle del Indo en el sur de Paquistán, entre otros, son lugares donde los seres humanos claramente inventaron la escritura y donde la invención tal vez fue esencialmente independiente de toda influencia externa. Si parece que la escritura ama los ríos es porque la escritura ama la agricultura y eso se debe a que la escritura es una forma avanzada de agricultura lingüística. “Escribir es plantar”, dice un poema que recuerdo de algún lado, y leer es cosechar. La cosecha siempre ha sido un tiempo de celebración, pero también significa trabajo. Hay lugares donde las personas todavía lo hacen por sí mismas y donde saben bien que a su vez genera más trabajo: trillar y moler, pelar y cocer, deshuesar y secar, y luego a seguir celebrando. En las sociedades industriales, todas estas actividades cruciales están ya mecanizadas. Tengo una fuerte corazonada de que el impulso por digitalizar libros y distribuirlos por internet a máquinas lectoras surge de un sueño similar: un deseo por construir máquinas que escriban y editen e impriman y lean los libros por nosotros, mientras nosotros subimos a ver la tele.

Hay un lindo óleo en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, pintado hacia 1675 por Gerard ter Borch, un holandés que no sólo trabajó en los Países Bajos, sino a lo largo y ancho de toda Europa occidental. Debió ser uno de los pintores que más viajaron en su época. Como muchas de las pinturas del siglo XVII ésta llegó a nuestros tiempos sin un título. No tenemos idea de cómo la llamó el pintor, si es que llegó a llamarla de otra forma además de “esa pintura”. Casi sin duda es un retrato, pero no sabemos de quién. Los historiadores del arte la llaman "Retrato de un hombre leyendo un documento."* En la pintura, un hombre sentado a la mesa nos ve de la misma forma en que vio a Borch cuando lo estaba pintando. En las manos tiene uno de esos periódicos del sigloXVII de una sola hoja, probablemente semanal. También hay un libro abierto sobre la mesa. El libro, sin embargo, es un atlas: una obra de referencia, no algo que se lee de corrido. Ésta es una escena muy moderna, aunque la pintura tiene casi 350 años de antigüedad. El hombre está completamente solo, como muchas de las personas modernas, pero está al corriente, o au courant, gracias a su periódico y su atlas. Es claro que le interesa estar informado, aunque no parece interesarle la literatura. Debajo del atlas hay una tela que cubre la mesa como en muchos interiores holandeses y Borch la pintó con gran precisión. Se puede seguir el patrón con exactitud. El atlas y el periódico tienen tratamientos distintos. Ambos están abiertos pero ninguno es legible. El texto es una mancha gris. El texto ilegible, así como la tela hiperlegible, es una convención de la pintura, pero tiene también un mensaje. No importa qué dicen el documento o el atlas. Los detalles que se imprimieron en esas páginas nunca fueron directamente pertinentes para el hombre que es centro de nuestra atención. Las historias y los mapas le son ajenos. Él sólo observa la escena. La única cosa que se puede leer en la pintura es al lector mismo. Su propia habilidad para leer le ha dado cierto poder, o al menos un cierto sentido de poder, pero ha organizado su vida de tal forma que la lectura ha perdido su poder. El hombre de la pintura no va a permitir que la lectura cambie su forma de pensar o aquello que da forma a su carácter.

A muchos kilómetros de ahí, en el Art Institute of Chicago, hay otra pintura, hecha dos siglos después, probablemente en París, por Jean-Baptiste Corot. Se llama La Lecture interrompue o La lectura interrumpida —un título que, me parece, sí le dio el artista—. Aquí también hay alguien leyendo, hay algo qué leer y hay una mesa. La lectora es una mujer y pertenece, como el hombre con el documento, al próspero mundo moderno. Su vestimenta es elegante y sus delgados y blancos brazos muestran que no desempeña un trabajo manual. Su mesa está cubierta con un simple paño carmesí en lugar de una lujosa tela oriental. Corot, que trabajó como pañero, sabía mucho de telas. Podemos ver que se divirtió al poner la falda beige de la mujer contra el suave mantel color vino, pero ninguna de las dos prendas fue tratada con especial atención a los detalles. Corot quiere que nos enfoquemos en donde lo hacemos: en el rostro de la joven y en el libro en su mano izquierda, que reposa sobre su regazo. De nuevo, no hay nada que podamos leer más que la lectora. Ella no está viendo nada, mientras que su mente digiere las palabras que ha estado leyendo. El libro está casi cerrado pero listo para abrirse de nuevo cuando ella lo necesite. Su pulgar izquierdo señala la última página leída. No sabemos qué libro es. Podría ser una novela, podría ser un poemario, pero algo que encontró en sus páginas está dando vueltas en su mente. Es una lectora. No tenía que haber sido un libro para que las palabras tuvieran este efecto en la lectora. Podría haber sido una carta, incluso un periódico —aunque no es accidental que asociemos la lectura profunda con el libro y la superficial con los diarios—. La diferencia entre estas pinturas no es la diferencia entre los siglos XVII y XIX, o entre los lectores y las lectoras, o entre los libros y los periódicos, sino la diferencia entre dos formas de prestar atención, dos formas de escuchar, dos formas de leer. La mujer en la pintura de Corot corre un riesgo. El hombre en la pintura de Borch tal vez invirtió dinero en una misión comercial en Java o Transvaal o Surinam, pero no se arriesga él mismo ni su visión del mundo. Así que me atrevo a pensar que, para él, los libros sólo valen lo que la gente pague por ellos. Son meras mercancías. Y eso es en lo que los libros se han convertido —en un mundo que ha olvidado las otras cosas que pueden ser. Una sociedad que considera a los libros mercancías probablemente hará lo mismo con otras cosas. Los bosques, por ejemplo, y los ríos y las manadas de búfalos. Ese periódico en la pintura de Borch se imprimió en papel de trapos, pues en 1675 no había de ningún otro tipo. Si se mantiene limpio y seco, podría durar varios milenios, como el óleo en el que aparece. Ideal para un buen libro, no para las noticias perecederas. Los molinos de pulpa de madera aparecieron en el siglo XIX. Lograron que bosques enteros se convirtieran en un tipo de papel que se autodestruiría en unos pocos años. Tal vez bueno para los periódicos —siempre y cuando estés dispuesto a cambiar bosques por periódicos—, no tanto para un buen libro. Hacia 1930 se inventó la encuadernación pegada y entonces aparecieron los baratísimos libros en rústica: un ladrillo de papel cuyas páginas se mantenían unidas el tiempo suficiente para llevar el libro de la tienda a la casa y cuyas páginas, siempre a punto de escapar del pegamento, se endurecían y luego se desquebrajaban para convertirse pocas décadas después en copos de una nieve marrón. Lo más gracioso es que funcionó. Esos libros desechables, publicados por Allan Lane en Penguin, luego por Doubleday y por docenas de editoriales más, hicieron posible que niños como yo, a la deriva y sin dinero en el desierto cultural de México, compraran a Melville y a Thoreau y a Cervantes y a Kant y a Hegel y a Descartes y a Pascal y a Dante y a Pound y a Flaubert y a Dostoievski y a Faulkner y a Hemingway por una cantidad irrisoria, y los leyeran. Los márgenes son demasiado estrechos para escribir en ellos y los libros se deshacían si los abrías lo suficiente para leer el final de los renglones. Pero incluso eso tenía sus ventajas. Podías, por ejemplo, tomar la Crítica de la razón pura de Kant —540 pequeñas páginas de cuatro por siete pulgadas, con márgenes de menos de un centímetro, por menos de 100 viejos pesos en la edición de 1980, con la densa prosa de la traducción de Max Müller, bastante anticuada— y romperlo en secciones de tres o cuatro milímetros de grueso. Así podías leer en el metro o el autobús el libro en piezas que no resultaban intimidantes. No estoy seguro de que hubiera podido con este libro en particular si no lo hubiera desmembrado de tal forma. Las ediciones desechables como ésa no hacían del Libro (con L mayúscula) un tesoro cultural o un punto de referencia, pero por cuarenta años esos libros han hecho su parte, una parte considerable, por mantener girando la rueda de la cultura.

El libro digital es un giro, no una revolución. Es otra vuelta de una rueda que está girando todo el tiempo. Es un juguete novedoso y puede ser divertido pero es tan sólo la etapa más reciente en la continua degradación de la parte externa del libro. La forma más perecedera y más decepcionante visualmente del texto jamás inventada es un texto en una pantalla. Es el medio perfecto para una sociedad que cree en el fondo de su corazón que todo lo que dice es irrelevante y estéril. Y mucho de lo que decimos se adhiere a este paradigma. Pero ya que el libro electrónico existe se usará, como la escritura temprana de los contadores del neolítico, para afirmaciones con valor trascendental. La escritura y la lectura auténticas suceden en las márgenes de los imperios. Así es simplemente como sucede. Lees libros, si los quieres leer, como puedes. Y lo hacemos.

A.S.