"La lenguaje no es creado por el individuo, sino el lenguaje es el que crea al individuo."

"Masas concurridas; la identidad ha muerto. Es vuestra vida, es vuestra deserción."

"Los necios e ignorantes no aspiran a adquirir conocimiento, pues el verdadero mal de la incultura está precisamente en que sin saber nada creen saber mucho"

jueves, 26 de mayo de 2011

La historia entendida como periodismo.

La historia, entendida como ciencia que tiene el pasado ante si como su objetivo propio, presupone y desarrolla la absoluta insensibilidad a los valores y a la jerarquía de éstos: por un lado, de hecho, el historiador parte de la convicción de que todo lo que ha acontecido en la historia es comprensible, es decir, esté a su nivel o al de una común "humanidad" que acaba por ser una común mediocridad, en la que no hay lugar para lo que es grande; por otro, además, la historia pretende explicar precisamente como historia, es decir, como producto de determinadas situaciones, todo lo que acontece relativizando todas las cosas y destruyendo el valor.

Así entendida, la historia es simultáneamente el fundamento y la expresión característica de la moderna civilización de masas, en la que las exigencias de la producción requieren un tipo medio de hombre, suficientemente informado, pero carente del sentido de individualidad y dominado por el instinto gregario: el orgáno de esta cultura de masas, democrática y cosmopolita pero sin raíces, es el periodismo. Al genio y al profeta, como figuras-guía válidas en todo tiempo las ha sustituido el periodista, que esta al servicio del momento.

A.S.

La filosofía del autoengaño.



“No hay peor ciego que el que no quiere ver”
Se cuenta que el emperador Alejandro Magno, de camino hacia India, fue a visitar al filósofo griego Diógenes de Sinope. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba en la orilla de un río, sobre la arena, tomando el sol desnudo. Nada más verlo, Alejandro Magno quedó fascinado por la energía y la paz que desprendía su presencia. “Señor, por todas partes me cuentan que es usted un gran sabio”, afirmó el emperador.” Me gustaría hacer algo por usted. Dígame lo que desea y se lo daré”. Sin apenas inmutarse, Diógenes le contestó, con voz tranquila y serena: “Muévete un poco, que me estás tapando el sol. No necesito nada más”.
Su respuesta le dejó impresionado. Tras unos segundos de silencio, el filósofo le preguntó: “Adonde vas Alejandro”. “Y sobre todo ¿para qué?”.Seguro de sí mismo, el emperador le contestó: “Voy a la India a conquistar el mundo entero”. Diógenes le miró a los ojos y le hizo una nueva pregunta: “Y después, ¿que vas a hacer?”. Alejandro Magno se lo pensó un buen rato y finalmente afirmó:”Después, viviré tranquilo y seré feliz”.
Diógenes se echó a reír. “Estás loco”, le espetó. “Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final lo que quieres es descansar, vivir tranquilo y ser feliz, ¿por qué no lo haces ahora? Y te digo más: Si lo sigues posponiendo, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo muere en el camino, pero son muy pocos los que realmente viven”.

Presunto proceso teórico-dogmático de la metafísica en la psicología.

Para los conocimientos humanos la psicología no es ni puede tampoco ser más que antropología, esto es, conocimiento del hombre, sólo que limitado con la condición: en la medida en que éste se conoce a sí mismo como objeto del sentido interno. Él es también, empero, consiente de sí mismo como objeto de sus sentidos externos, es decir, tiene un cuerpo con el cual está enlazado aquel objeto del sentido interno que se llama el alma del hombre.

Que él de ninguna manera es mero cuerpo se puede demostrarlo con rigor, si se considera este fenómeno como cosa en sí misma, porque la unidad de la conciencia, unidad que debe encontrarse necesariamente en todo conocimiento (y por tanto también en el conocimiento de sí mismo), hace imposible que las representaciones, repartidas entre varios sujetos, puedan integrar la unidad del pensamiento; por eso nunca puede emplearse el materialismo como principio de la explicación de la naturaleza de nuestra alma.

Pero si consideramos tanto el cuerpo como el alma sólo como fenómenos, lo cual no es imposible, pues ambos son objetos de los sentidos, y si tenemos en cuenta que el noúmeno que yace en el fundamento de aquel fenómeno, esto es, el objeto externo, como cosa en si misma, pudiera ser quizá un ser simple…

Pero aún sin tener en cuenta esta dificultad, esto es, aunque se tome al alma y al cuerpo como dos substancias específicamente diferentes, en cuya comunidad consiste el hombre, sigue siendo imposible para toda filosofía, especialmente para la metafísica, decidir en qué y con cuánto contribuye el alma, y en qué, o con cuánto contribuye el cuerpo mismo a las representaciones del sentido interno, y aún si quizá, separada una de estas sustancias de la otra, no perdería el alma absolutamente toda especie de representaciones (el intuir, el sentir y el pensar).

Por consiguiente, es absolutamente imposible saber si después de la muerte del hombre, cuando su materia se dispersa, el alma, aunque en substancia permanezca, puede continuar viviendo, esto es, pensando y queriendo, esto es, si el alma es un espíritu (pues con tal palabra se entiende un ser que aún sin cuerpo puede ser conciente de sí y de sus representaciones) o no lo es.

Ciertamente que la metafísica de Leibnitz y de Wolf nos ha presentado de modo teórico-dogmático muchas demostraciones acerca de esto, esto es, no sólo ha pretendido demostrar la vida futura del alma, sino hasta la imposibilidad de perder esta vida por la muerte del hombre, esto es, la inmortalidad del alma, pero no pudo convencer a nadie; antes bien, se puede comprender a priori que una demostración tal es enteramente imposible, por que sólo mediante la experiencia interna nos conocemos a nosotros mismos, pero toda experiencia sólo puede efectuarse en la vida, esto es, cuando el alma y el cuerpo todavía están unidos, y por tanto nosotros no podemos en absoluto saber lo que seremos ni lo que podremos después de la muerte, por consiguiente no podemos conocer de modo alguno la naturaleza del alma, separada, a menos que uno debiese atreverse a hacer quizá el experimento de poner, aún en vida, el alma fuera del cuerpo, lo que sería aproximadamente semejante al intento que alguno quisiese hacer con los ojos cerrados ante el espejo, y que al preguntársele qué pretende con ello, respondiese: sólo quería saber cómo soy cuando duermo.
Pero en una consideración moral tenemos fundamento suficiente para suponer una vida del hombre después de la muerte (después del fin de su vida terrenal) incluso por la eternidad, en consecuencia, para suponer la inmortalidad del alma, y esta doctrina es un tránsito práctico-dogmático a lo suprasensible, esto es, a aquello que es mera idea y no puede ser objeto de la experiencia, y que posee sin embargo realidad objetiva, pero solo válida en una consideración práctica. El esfuerzo incesante por alcanzar el sumo bien, como fin final, impulsa a suponer una duración proporcional a la infinitud de aquel esfuerzo, y suple inadvertidamente la deficiencia de las demostraciones teóricas, de modo que el metafísico no siente la insuficiencia de su teoría, porque secretamente la influencia moral no le deja percibir la deficiencia de su conocimiento extraído presuntamente de la naturaleza de las cosas, conocimiento que en este caso es imposible.

Éstas son, pues, las tres etapas del tránsito de la metafísica a lo suprasensible, en lo que consiste propiamente su fin último. Fue un esfuerzo inútil el que ella desde siempre tomó sobre sí, de alcanzar este fin por la vida de la especulación y del conocimiento teórico, y si aquella ciencia llegó a ser el tonel agujereado de las Danaides. Solo después que las leyes morales han quitado el velo a lo suprasensible en el hombre, a la libertad, cuya posibilidad ninguna razón puede explicarla, cuya realidad empero sí puede demostrarla la razón en aquellas doctrinas práctico-dogmáticas: sólo entonces ha planteado la razón una pretensión justificada a un conocimiento de lo suprasensible, pero solo con limitación al uso de esta ultima consideración; pues entonces se manifiesta cierta organización de la razón pura práctica, en la cual primeramente el sujeto de la legislación universal, como creador del mundo, en segundo lugar el objeto de la voluntad de los seres mundanales, como objeto del fin final de ellos adecuado a aquélla, en tercer lugar el estado de los últimos, estado solo en el cual ellos son capaces de alcanzarlo, son ideas forjadas por la [razón] misma con un propósito práctico, pero que no deben de ser afirmadas con un proceso teórico, pues en tal caso hacen de la teología una teosofía, de la teleología moral, una mística, y de la psicología hacen una pneumática, y de este modo, a cosas de las cuales algo podríamos aprovechar para el conocimiento con un propósito práctico, las extravían en lo exorbitante, donde son y pertenecen completamente inaccesibles para nuestra razón.

La metafísica misma es aquí solamente una idea de una ciencia, la idea de un sistema que se puede y se debe construir luego de la consumación de la crítica de la razón pura, para la cual se dispone ahora de las herramientas de construcción y del plano: una totalidad que, como la lógica pura, ni requiere ni admite añadido alguno, y que debe ser siempre habitada y conservada en condiciones de habitabilidad, si es que no han de anidar en ella, haciéndola inhabitable para la razón, las arañas y los duendes de los bosques, que nunca dejarán de buscarse un lugar allí.

Tampoco es vasto este edificio, pero en bien de la elegancia, que consiste justamente en la precisión de ella sin menoscabo de la claridad, podrá requerir el concurso de los intentos y del juicio de diferentes artífices, para que la construyan eterna e invariablemente; y así estaría completamente resuelta, en la nueva época crítica, la tarea propuesta por la Real Academia, de no solamente enumerar los progresos de la metafísica, sino de mensurar además el estadio recorrido.

Los conceptos de espacio lleno y vacío, de movimiento y de fuerzas motrices, pueden y deben de ser reconocidos, en la física racional, a sus principios a priori, mientras que en la psicología racional solo representan principios a priori el concepto de la inmaterialidad de una sustancia pensante, el concepto de su cambio y de la identidad de la persona en los cambios; todo lo demás es psicología empírica, o más bien, es sólo antropología, porque se puede demostrar que nos es imposible saber si el principio de la vida en el ser humano (el alma), sin el cuerpo, es capaz de algo en el pensar, y de qué es capaz en él, y si se reduce todo a conocimiento empírico, esto es, a un conocimiento tal y como lo podemos adquirir en la vida y por lo tanto en el enlace del alma con el cuerpo, de modo que nada es aquí apropiado para el fin último de la metafísica, de intentar el tránsito de lo sensible a lo suprasensible. Este tránsito se encuentra, en la segunda época de los intentos puros de la razón.

Primer Manuscrito: Primer estadio de la metafísica.
Los progresos de la metafísica. Immanuel Kant. 1791



Análisis.

Completando la exposición de la metaphysica specialis, en el texto se ofrece a continuación un examen de la psicología racional teórico-dogmática, seguido de una pequeña relación de los progresos de la filosofía crítica en este terreno. La argumentación de esta parte de Los progresos de la metafísica se configura según el modelo de la Crítica del juicio; según esta obra, la psicología teórica no va más allá del conocimiento negativo de que es imposible explicar los fenómenos del sentido interno con una doctrina materialista; y ello porque es imposible conocer positivamente de manera teórica la naturaleza del alma (ya sea según el materialismo o según el pneumatismo); todo lo demás, en esta ciencia de la psicología, es antropología: es conocimiento empírico del yo pensante. A esta antropología se opone la psicología racional moral, que no es una ciencia teórica, sino una doctrina derivada de la teología moral.
Pero si bien es cierto que la argumentación de Los progresos de la metafísica se organiza según este modelo, no por ello podemos dejar de observar las numerosas referencias a temas y pasajes de la Crítica de la razón pura; las haremos notar en lo que sigue.
La argumentación se inicia con una definición de psicología y con una delimitación de los alcances de esta ciencia. La psicología no es, ni puede ser, más que antropología: conocimiento del hombre completo (y no del alma sola) sólo que limitado a lo que se refiere al objeto del sentido interno, sin que en ella se tenga en cuenta lo que el hombre puede, con el sentido externo, saber de sí mismo (como cuerpo). Si definimos a la psicología como estudio de la psique, del alma, entonces debemos de definir el alma del hombre como el objeto del sentido interno; pero no tenemos acceso a este objeto si no es cuando está unido al cuerpo. El conocimiento que así logramos es conocimiento empírico del alma.
En el segundo párrafo se propone una aparente objeción a lo afirmado en lo primero, basada en el “Aquiles de los argumentos dialécticos de la psicología pura”, Con este se sostiene que la simplicidad y la consiguiente inmaterialidad del alma. La mezcla de motivos dialécticos y motivos críticos que presenta este párrafo segundo hace difícil advertir que se trata aquí de una objeción a la definición de la psicología como antropología empírica. El texto dice:

Que él de ninguna manera es mero cuerpo se puede demostrarlo con rigor, si se considera este fenómeno como cosa en sí misma, porque la unidad de la conciencia, unidad que debe encontrarse necesariamente en todo conocimiento (y por tanto también en el conocimiento de sí mismo), hace imposible que las representaciones, repartidas entre varios sujetos, puedan integrar la unidad del pensamiento; por eso nunca puede emplearse el materialismo como principio de la explicación de la naturaleza de nuestra alma.

La psicología racional pretende demostrar la inmaterialidad del alma. Para ello debe proceder mediante principios a priori de la razón, a partir del concepto de una substancia pensante. Pero la filosofía trascendental, en lugar de demostrar la inmaterialidad de la substancia pensante, demuestra que una explicación del yo pensante (no de la substancia, pues nada nos autoriza a afirmar que el yo pensante sea una tal) es imposible mediante principios materialistas. Y logra demostrar esto sin recurrir a aquellos principios racionales, sino valiéndose sólo de la representación “soy yo”. En nuestro texto de contrastan estas dos demostraciones (la ofrecida por la psicología racional pura y la ofrecida por la filosofía trascendental) siguiendo un pasaje paralelo que se encuentra en la Crítica de la razón pura: la apercepción es algo real y simple; no hay, en el espacio, nada igual a ella: no hay nada que sea extenso, real y simple (ya que la extensión espacial es infinitamente divisible en partes exteriores las unas y las otras). Si no considerásemos que con la expresión materia nos refiramos sólo a cierta clase de fenómenos; si, antes bien, usáramos esa expresión (materia) para referirnos a una substancia externa existente por sí y diferente del alma (y así emplean los materialistas esta expresión); sí, además, olvidásemos que del sujeto del pensar no se puede decir que sea una substancia, sino que es solo un sujeto; entonces se vería inmediatamente que es insostenible la explicación de la naturaleza de un sujeto pensante mediante principios materialistas. Porque en una substancia pensante espacial la unidad de la conciencia estaría repartida entre todas las partes de la materia, como entre otros tantos sujetos, y jamás podría haber unidad del pensar.
El párrafo tercero de la exposición de la psicología en Los progresos de la metafísica ha quedado inconcluso; pero se le puede completar con ayuda de pasajes paralelos de la Crítica de la razón pura. El texto de Los progresos de la metafísica dice: “Pero si consideramos tanto el cuerpo como el alma solo como fenómenos, lo cual no es imposible, pues ambos son objetos de los sentidos, y si tenemos en cuenta que el noúmeno que yace en el fundamento de aquel fenómeno, esto es, el objeto externo, como cosa en sí misma, pudiera ser quizá un ser simple…”
La exclusión del materialismo como principio explicativo de la índole de un sujeto pensante no es suficiente para demostrar que el fundamento suprasensible, nouménico, de los fenómenos que llamamos materia y alma no sea quizá uno solo, común a estos dos fenómenos. La inmaterialidad del alma en sentido metafísico (como cosa en sí) no queda demostrada con la conclusión alcanzada por la psicología racional teórica (y por consiguiente no queda demostrada tampoco la incorruptibilidad, que se deriva de aquella inmaterialidad). Esto se ve claramente en cuanto se considera al cuerpo y al alma como fenómenos. El noúmeno que está en el fundamento de los fenómenos externos e internos “no es ni materia, ni un ser pensante en sí mismo, sino un fundamento desconocido de los fenómenos”. Por tanto, no se puede distinguir entre alma y materia en lo que respecta al substrato (a los substratos) de una y otra.

Quizá aquel mismo algo que produce en nosotros, al afectar nuestro sentido externo, las representaciones de espacio, materia, etc., sea en sí mismo, también, sujeto de pensamiento; por lo tanto, no se puede afirmar que este algo sea extenso, ni compuesto, ni impenetrable, porque todos estos son predicados propios de la sensibilidad y de sus objetos; y tampoco se puede negar, ni es contradictorio, que a aquel substrato le correspondan predicados tales como representaciones o pensamiento.
En conclusión, podemos decir que, puesto que las experiencias cuerpo y alma no se refieren más que a fenómenos del sentido externo y del interno, la conciencia simple no es un conocimiento de la naturaleza simple de nuestra alma que nos permita distinguirla a ésta de la materia como de algo compuesto. La simplicidad del yo pensante no es un conocimiento de un objeto real. T con ello se derrumba el resultado alcanzado por la psicología racional; no se puede, tampoco aquí, pretender ampliar el conocimiento por meros conceptos, sin recurrir a la experiencia.
Como quiera que resolvamos esta cuestión del substrato nouménico de los fenómenos del sentido externo y del interno, nos enfrentamos siempre a la dificultad de establecer, respecto de las representaciones del sentido interno, qué es lo que en ellas proviene del cuerpo y qué ha de atribuirse al otro fundamento presuntamente inmaterial.
Aunque aceptemos que el alma sea una substancia inmaterial, no demostramos con ello que estas representaciones internas por las cuales conocemos el alma en nosotros le pertenezcan a aquella substancia exclusivamente, de modo que las conserve después de separarse del cuerpo en la muerte.
Pensamiento y voluntad (Anfangsgründe der Naturwissenschaft) no pueden atribuírsele con certeza al alma separada del cuerpo. No se puede afirmar que el alma sea un espíritu, que piense y quiera por sí sola sin la intervención del cuerpo. Pero no solo no sabemos nada sobre lo que podremos hacer después de la muerte, sino que tampoco sabemos lo que seremos, ni si acaso seremos algo; todo nuestro conocimiento del alma es empírico y se limita a lo que podemos averiguar de ella en vida del hombre, cuando está unida al cuerpo.
A pesar de todo esto, la filosofía de Leibniz y de Wolff había pretendido demostrar la vida futura del alma, así como la inmortalidad de ésta. Tales demostraciones se pueden refutar a priori, como acabamos de hacerlo.
Una vez examinado el presunto progreso teórico-dogmático en la psicología, se estudia la posibilidad de realizar también en esta ciencia un tránsito práctico-dogmático a lo suprasensible. Este transito consiste en suministrar realidad objetiva (aunque sólo práctica) a una idea que no puede ser objeto de la experiencia. Y ello se logra al suponer, por motivos morales, la inmortalidad del alma.
La fundamentación de esta suposición se ofrece en nuestro texto de una manera muy abreviada, siguiendo los pasajes correspondientes de la Crítica del juicio y de la Crítica de la razón práctica; la argumentación se basa en el concepto del sumo bien y en las condiciones de posibilidad de éste. No la desarrollaremos aquí, pero hemos de notar cómo Kant interpreta, en este texto de Los progresos de la metafísica, el postulado de la razón práctica, no como algo que tuviese interés sólo para ésta, sino como un progreso de la metafísica en el dominio de lo suprasensible.

A.S.

martes, 17 de mayo de 2011

Krapp's Last Tape de Samuel Beckett

La condición humana. La escritura de Beckett demuestra el dolor y el sufrimiento de la humanidad. Entendía la desolación de la vida y por eso la enfatizaba con su punto de vista, la desolación es la verdad, es así. Beckett se volvió al teatro porque la prosa que estaba escribiendo en aquel momento se había secado, y se volvió al teatro buscando una escapatoria del proceso.

Pero ya era un hombre bien entrado en la cincuentena cuando se empezaron a representar sus obras. Luchó toda su vida. Junto con Hemingway, fue uno de los primeros en unirse al movimiento lealista en España y se identificó con causas desde muy joven. Formó parte de la Resistencia francesa. Era un estoico, no un cínico. Prestaba gran atención al momento.

El suyo era un planteamiento humanista, aunque destilado.

Vivimos al borde del vacío. Un amigo mío tiene una serie de fotos de la cara de Picasso cuando le dijeron que habían lanzado la bomba en Hiroshima y cuánta gente había muerto. En tan sólo tres fotogramas, se ve con claridad el horror de esa generación cuando se dieron cuenta de que ese tipo de destrucción era posible. Así, el vacío se hizo más accesible para todo el mundo. Particularmente para los más sensibles y expresivos.

Si a Beckett se le malinterpreta tan fácilmente, ¿por qué no explicó con más claridad lo que trataba de hacer?

Se había comprometido con una zona de actividad muy poco explorada: trabajaba en un área en que los demás no lo hacían.

Las prisiones ejercían una tremenda fascinación sobre él, igual que las instituciones mentales, toda la llamada “escoria” de la sociedad. Esos era sus modelos, personas en desintegración (...) En el taller siempre hemos intentado desnudar las cosas, separar lo superficial de la forma para revelar un aspecto más dinámico. A Beckett le encantaban la pintura y la música.

Tenía un gran sentido del humor, pero la condición del mundo le provocaba una gran angustia y yo me identificaba con eso.

A través de esa identificación recogía parte de su dolor. Se preocupaba mucho por todo lo que ocurría a su alrededor. Al ser europeo, su mirada era diferente. Sufrió más a causa de sus propios conocimientos de lo que sufrió por su sensibilidad, aunque ése también fue un factor; pero, si le mirabas a la cara, podías ver que ese hombre había vivido un infierno. Para mí, es un poco como un santo. Un santo secular, Samuel Beckett.



lunes, 16 de mayo de 2011

Mirame por última vez.




A ti vida
que nunca consumaste
el deseo de ser mia.

Placer ínfame
juego vil
que permites el sueño
pero oprimes la realidad.

Mirame por última vez
que bien sabes que no puedo ser
pues para existir no hay más razón que el sueño
al que someto al aire y al tiempo.


A.S.

Sintesís trascedental de la imaginación.

La intuición a priori solo es posible, para nosotros, como espacio o tiempo. Y los objetos de nuestro conocimiento teórico deberán ser, por tanto, fenómenos, espacio-temporales, objetos de los sentidos y no cosas en si mismas. Y esto tanto en el caso obvio del conocimiento empírico, como en el caso de la ampliación a priori de este conocimiento, con respecto a estos sus objetos propios de conocimiento puede, según dice el texto*, proceder de modo dogmático: puede progresar y ampliarse por conceptos solos, sin estar ligado a la experiencia como fuente**. Esta independencia le permite al entendimiento dictar a priori leyes que valen para objetos de los sentidos y que valen para toda naturaleza, considerada como conjuntos de los objetos de la experiencia***. Pero esta ampliación del conocimiento mediante meros conceptos sólo es legítima cuando los objetos que se conocen son objetos espacio-temporales. No es válida tal ampliación dogmática de nuestro conocimiento teórico, más allá de los límites así trazados. /"El espacio representado por o como objetos [...] encierra algo más que la mera forma de la intuición, encierra conjunción de lo multiple"


Al estudiar la manera cómo los objetos intelectuales podían aplicarse a los objetos empíricos, vimos que era indispensable para ello la sintesis de la multiplicidad pura. En el pasaje que ahora consideramos, la necesidad de la unificación de la intuición pura por parte del entendimiento está expuesta como algo casi secundario; pero se trata de un problema fundamental. Por esta sintesís de la multiplicidad de la intuición sensible de acuerdo con la unidad sintética de la apercepción, el entendimiento puede pensar a priori la unidad sintética de la apercepción "como la condición a la cual deben de someterse, necesariamente todos los objetos de nuestra intuición [de la intuición humana]".

Con ello cobran realidad objetiva las categorías, que pueden así aplicarse a objetos que nos pueden ser dados en la intuición. Esta sintesís de la multiplicidad de la intuición sensible es la sintesis speciosa o sintesís trascedental de la imaginación. /

*Los procesos de la metafísica, XX, 274.
**Crítica de la Razón Pura, A736 S=B764 s.cf. Prolegomenos '16.
***Prolegomenos '16

martes, 10 de mayo de 2011

¡Madres!




La verdad, me gustaría escribir un texto contra el Día de las Madres, el día de la demagogia y el sentimentalismo, que vuelve mercancía y melcocha el vínculo más radical o la raíz más vinculatoria de nuestra vida.

Me gustaría borrar ese día del calendario, despoblar los restoranes de familias celebrando a su cabecita blanca y las tiendas de apresurados o devotos parientes escogiendo un regalo para el día señalado.

Me gustaría decir que nunca he celebrado realmente ese día, que he pasado por él a través de los años sintiéndolo y sabiéndolo un simulacro, una celebración mutilada, despojada de su última riqueza, que es la ambigüedad, su arcano estricto, intransferible, verdaderamente umbilical.

Me gustaría inventar una escena de diálogos entre estrategas de ventas de grandes almacenes que segmentan el mercado con todos los lugares comunes, culpas, hipocresías y sentimientos huecos de los maternos compradores, con el único fin de hacer timbrar la caja.Ya que, considero que se debe de celebrar TODOS los días a alguien que en suma es de gran importancia en nuestra vida y no tan solo en dicha fecha específica para el regodeo de vanidad e hipocresia en memorable hijo.

Quisiera diseñar una campaña de publicidad diciendo cosas como que madre sólo hay una porque nadie resistiría la existencia de dos.

Y proceder a la parodia de los discursos de amor que se pronunciarán este día en las sobremesas repitiendo exactamente, sin quitar ni poner una coma, lo que esos discursos dirán cuando sean pronunciados.

Quisiera poder reunir en un ramillete de voces la intimidad de madres que han ejercido todos los trucos de la manipulación sobre sus hijos, con eficacia añadida sobre sus hijas, ellas, las madres que han sabido siempre, como nadie, de qué lugar cojea lo que han parido.

Quisiera poder inventar un chiste sobre las madres tan bueno como el de la madre judía que regala de cumpleaños a su hijo dos corbatas y al verlo aparecer con una, le reprocha: “No te gustó la otra. Lo sabía”.

Pero, desafortunadamente no se puede hacer mucho con el sentimentalismo de mercado y menos cuando se desarrolla en masa. Así que............

A.S.

lunes, 9 de mayo de 2011

Onme ens est verum (Todo ente es verdadero).

Todo ente, en cuanto es, ha sido creado por Dios; pero en cuanto que ha sido creado por Dios. Y en cuanto que es pensado por Dios y Dios no se equivoca, es decir, en cuanto es pensado por la verdad absoluta, ese ente también es verdadero precisamente en cuanto pensado por Dios. Y porque todo ente es creado, es también verdadero, verum qua cogitatum a Deo.

Veritas.

¡No!


No más (me digo),
ya no más
he de salir a buscar lo que no encuentro;
a morder la calle con coraje
a transmutar el asombro en odio,
ni a pisotear más el coágulo
de mi arsénica desesperación; ya no más
lo juro por el espíritu resplandeciente
de mis antepasados
                              y sus secuaces
que llegan sobre el rumor
                              de cascos y caballos
de donde estalla la sangre del impotente
~más allá de la certeza
de estar vivo
entre la piel del espíritu
                              que tiembla
y pulsa con mano de esperpento
sobre el labio herido por la palabra.

No (reincido)
valen más el cuarto y sus secretos,
la infame nitidez de las tinieblas,
el obscuro lagarto de mis pensamientos;
el lúdio temblor de mis pestañas
o el demonio verde de mis versos
que me arrastra sobre la hoja
                              ~desquisiada virgen de papel~
se arrastra y se levanta y...
                              (ya es demasiado).

No, ya no más
he de salir a la calle
que se arrodilla a nuestro paso
que chilla bajo la suela del zapato
o que se regodea con el transnochado
hombre vertido de cerveza y pulque.

No, ya no lo haré
                              imbécil
                             (siempre me digo)
soñador, desparpajado,
                              impertinente, ególatra en su soledad.
y
vuelvo a hacerle visitas a escondidas,
furtivas, tratando de esquivar
el infausto zoologico que tanto me deprime.

A.S.


viernes, 6 de mayo de 2011

Mouvement Introcutif.

Como nosotros, en cuanto individuos, no tenemos otra clase de conocimiento el cual no sea por medio de la razón, y este principio incluye el conocimiento de las ideas; ideas que son el fundamento primordial para los fines buscados a transmitir algo o una sustancia clara de las inquietudes del hombre. Cada una de ellas con bases claras en el medio social en donde se desarrollan. La mayoría de nuestro conocimiento es transmitida por medio de los sentidos o mejor dicho por una contemplación objetiva, dicha contemplación, con su respectiva relatividad en el tiempo, es la que nos brindará la verdad o la realidad en sus muy variadas representaciones. Estas representaciones serán objetivas para un medio en si y no para la elocuencia del espíritu humano, para encontrarse con la belleza misma del mismo; ese objetivo que nace de la contemplación del ser y que por lo mismo es un espacio mucho más tranquilo y benéfico para el conocimiento humano.

En las épocas bárbaras, cuando imperaban ideas pesimistas sobre los hombres y el mundo, el individuo, confiando en la plenitud de sus fuerzas, procuraba comportarse siempre de acuerdo con dichas ideas, era más que nada lo que convenía y no requería de mucho esfuerzo, es decir, ponerlas en práctica mediante la caza, el saqueo, la emboscada, la crueldad y el homicidio, o a través de formas atenuadas de estos actos, que se toleraban dentro de una sociedad. Sucedía sin embargo que cuando decaía el vigor del individuo, al estar cansado o enfermo, melancólico o satisfecho, y, en consecuencia, sin deseos o apetitos temporalmente, se convertía en un hombre mejor en comparación, menos peligroso, y sus ideas pesimistas sólo se manifestaban en palabras y reflexiones sobre sus compañeros, su mujer, su vida o sus dioses. Los juicios que entonces emitía eran malos. En este estado de ánimo el hombre se convertía en pensador, en artista y en profeta, o si ampliaba sus supersticiones con el uso de su imaginación, creaba nuevas costumbres o satirizaba a sus enemigos. Sin embargo, imaginara lo que imaginara, todos los productos de su espíritu reflejaban necesariamente su estado psicológico, es decir, el aumento del miedo y del cansancio, la disminución de la valoración que le merecía el obrar y el disfrutar. Esta forma de pensar tenía que corresponder necesariamente a los elementos del estado de ánimo poético, imaginativo y sacerdotal; por lo que acabaron imponiéndose los juicios malos. Posteriormente, a quienes hacían de continuo lo que antaño solo hacía el individuo que se hallaba en esa disposición de ánimo, a quienes emitían juicios malos, vivían melancólicamente y actuaban poco, se les llamo poetas o pensadores, sacerdotes o soñadores. Como no obraban lo suficiente, de buen grado les hubieran despreciado e incluso expulsado de la comunidad; pero en esto se veía un peligro: esos extraños individuos estaban sobre la pista de la superstición y sobre las huellas del poder divino y no se dudaba de que disponían de secretos relativos a fuerzas desconocidas. Es por esto que en la mayoría de los comunidades, les convenía mejor llamarlos locos o poseídos.

Esta locura emitida a partir de varios puntos de vista, es la responsable en la actualidad que en diferentes campos se tome en cuenta las diferencias del mundo, ya sea visualmente o filosóficamente; casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada.

Esta locura en nuestros tiempos es algo insustentable, pero como lo mencionamos con anterioridad; la mayoría del conocimiento se basa en las perspectivas que tiene la historia. Es por eso que en el pasado a los locos se les buscaba una justificación práctica; ya sea desde el ámbito religioso, político o social. Y en la actualidad caemos en la idiosincrasia que la locura es símbolo de genio, no olvidando que tendremos locuras inventadas y locuras industrializadas para vender mejor las propuestas que salen a la luz. Entonces, ¿Es confiable la locura como un medio para el conocimiento o el genio? ¿Es confiable la locura como un medio para distinguir la realidad de la enfermedad? Realmente no, en la actualidad ponemos en tela de juicio la realidad o la aceptación de su verdad de la locura con ayuda de los ámbitos psicoanalíticos, pero, como menciona Foucault que: la oposición entre locura y razón es muy pequeña; tomando en cuanta que en estos días la locura se toma todavía como la antigua separación entre estas dos creaciones o facultades del ser humano. Pensamos todavía por regla social en las respectivas separaciones entre el loco y el cuerdo. Pero acaso no será lo contrarío; que corresponde la razón al loco, y el cuerdo es tan solo una marioneta con una estructura mental encuadrada y convenenciera para librarse de los medios y angustias que trae consigo el ponerse a pensar realmente. Es en este instante cuando caemos en el punto de la creación del discurso; ya sea por parte del loco o por parte del cuerdo en su forma estructuralista y fundamentada solo para conseguir ciertos objetivos superficiales en un contexto social, o para los discursos que tratan de buscar una crítica a la verdad misma. Y es que también se opina que la realidad en un tiempo histórico es también relativa con respecto a sus fines. Demos un paso más y veremos que todos los hombres que marcan una diferencia, impulsados a romper el yugo de una moral cualquiera y a proclamar nuevas leyes; si no estaban realmente locos, se sintieron forzados a fingirlo o se volvieron verdaderamente tales.

A.S.

Morales Costumbristas.

Según las costumbres o normas morales, es cuando te preocupas por tus hijos; por el qué dirán. Durante ese transcurso de tiempo tu vida es desahuciante y no piensas en tu existencia, en tu bienestar; dicho plano es secundario y es consecuente a las frustraciones y traumas que desarrollaste conforme ibas creciendo. Cuando las obligaciones empiezan a verse menos profundas, empieza a desaparecer el interés para convertirse en una mascara. La paternidad existe por la conciencia moral en forma desarrollada gracias al instinto social y el mismo se levanta sobre la moral cristiana (paternalismo), que se transmite de padres a hijos. Dicho con otras palabras: costumbres morales o como me gusta llamarle: Morales Costumbristas.

A.S.

martes, 3 de mayo de 2011

Alegoria de Retrato Del Artista Adolescente Primera Parte

César y Gil permanecieron allí hasta que el tanteo comenzó a elevarse. En este punto, Cesar le dio a Gil un tirón de la manga para llevárselo. Gil, obediente, dijo:
-Vámosnos, como diría Moisés.
César se sonrió al escuchar la alusión.
Retrocedieron a través del jardín y salieron por el vestíbulo, en el cual el portero, tambaleante de puro viejo, estaba tratando de colgar un cuadro en el tablón. Al pie de la escalera se detuvieron, y César sacó una cajetilla del bolsillo y se la ofreció a su compañero.
-Sé que no tienes dinero –le dijo.
-Caray con tu incordiante desfachatez –contestó Gil.
Esta segunda prueba de la cultura de Gil hizo sonreí de nuevo a César.
-Día señalado para la cultura universal –dijo- el día que aprendiste a jurar por incordios.
Encendieron dos cigarros y echaron hacia la derecha. Al cabo de un rato, comenzó a decir César:
-Aristóteles no ha definido la piedad ni el terror. Yo sí. Para mí…
Gil se paró y dijo brutalmente:
-Detente. No te quiero escuchar. Estoy mal. Anoche me dediqué a un incordiante tasqueo en compañía de Héctor y Guillermo.

César continuó:
-Piedad es el sentimiento que paraliza el ánimo en presencia de todo lo que hay de grave y constante en los sufrimientos humanos y lo une con el ser paciente. Terror es el sentimiento que paraliza el ánimo en presencia de todo lo que hay de grave y constante en los sufrimientos humanos y lo une con la causa secreta.
-Repite –dijo Gil.
César repitió lentamente las definiciones.
-Hace algunos días, una muchacha tomó un coche de punto en la ciudad. Iba a reunirse con su madre, a la cual no había visto desde hacía muchos años. En la esquina de una calle, la vara de un carro de carga hace añicos la ventanilla del coche, que queda estriada como un asterisco. Una esquina larga y aguda se le clava a la muchacha atravesándole el corazón. Muere instantáneamente. Un periodista calificaba esta muerte de trágica. No hay tal cosa. Está muy lejos de todo terror y piedad, según los términos de mis definiciones.
-La emoción trágica, efectivamente, es una cara que mire en dos direcciones: hacia el terror y hacia la piedad, y ambos son fases de ella. Habrás visto que uso la palabra paraliza. Quiero decir que la emoción trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos excitados por un arte impuro son cinéticos, deseo y repulsión. El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren estos sentimientos, pornográficas o didácticas, no son, por tanto, artes puras. La emoción estética (ahora uso el término general) es por consiguiente estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda repulsión.
-¿Dices que el arte no incita el deseo? –dijo Gil. ¿Cómo me explicas entonces aquello que te conté de haber yo escrito un día a lápiz mi nombre sobre la espalda de Venus de Praxíteles en la escuela? ¿Acaso eso no era deseo?
-Hablo de las naturalezas normales –contestó César-. También me has dicho otra vez que cuando chico, en aquel pintoresco colegio de carmelitas donde estabas, acostumbrabas comer no se que cosas de las vacas.
Gil prorrumpió otra vez en un bramido de risa y restregó de nuevo ambas inglés con las manos sin sacar éstas de los bolsillos.
-¡Que si me las comía! ¡Y tanto!
César se volvió hacia su compañero y se quedó mirándole fríamente, de hito en hito, por un momento. Gil, repuesto ya de su ataque de risa, correspondió a aquella mirada con sus ojos humildes. Aquel cráneo largo, estrecho y achatado, bajo aquella melena, trajo a la mente de César el recuerdo de una serpiente de caperuza. Los ojos también eran como los de una serpiente, tal su brillo, tal su mirada. Mas en aquel instante, humildes y en acecho, lucía en ellos una centella de humanidad, ventana de un alma en amargura, mordaz y anquilosada.
-En cuanto a eso –dijo César abriendo un paréntesis cortés-, hay que reconocer que todos somos animales. Yo también soy un animal.
-Y tanto que lo eres –digo Gil.
-Pero ahora estamos precisamente en el mundo espiritual –prosiguió César-. El deseo y la repulsión excitados por medios no puramente estéticos no son emociones estéticas, no solo por su carácter cinético, sino también por su naturaleza simplemente física. Nuestra carne retrocede ante lo que le espanta y responde al estímulo de lo que desea por una simple acción refleja del sistema nervioso. Nuestros párpados se cierran antes de que tengamos conciencia de que una mosca está a punto de entrarnos en el ojo.
-No siempre –dijo Gil a modo de objeción.
-Del mismo modo –continuó César- respondió tu carne al estímulo de una estatua desnuda, pero no fue más que por una simple acción refleja de los nervios. La belleza que el artista expresa no puede despertar en nosotros una emoción cinética o una sensación puramente física. Despierta, o debería despertar, induce, o debería inducir, unas tas is estética, una piedad ideal o un ideal terror, unas tas is provocada, prolongada y al fin disuelta por aquello que yo llamo el ritmo de la belleza.
-¿Qué quiere decir eso exactamente? –preguntó Gil.
-Ritmo –dijo César-, es la primera y formal relación estética entre parte y parte de un conjunto estético, o entre el conjunto estético y sus partes o una de sus partes, o entre una parte del conjunto estético y el conjunto mismo.
-Si eso es ritmo –dijo Gil-, sepamos qué es lo que llaman belleza; y hazme el favor de recordar que, lo que yo admiro es únicamente la belleza.
César levanto la gorra como para saludar. Después sonrojándose ligeramente, apoyo una mano sobre el áspero paño de la manga de Gil.
-Nosotros estamos en lo cierto, los otros no –dijo-. El hablar de estas cosas y el tratar de comprender su naturaleza y, una vez comprendida, el tratar lentamente, humildemente, constantemente de expresar, de exprimir de nuevo, de la tierra grosera o de lo que la tierra produce, de la forma, del sonido y del color (que son las puertas de la cárcel del alma) una imagen de la belleza que hemos llegado a comprender: eso es el arte.
Habían llegado a un puente que cruzaba una avenida. Dejaron el camino que habían llevado, y siguieron adelante por la arboleda. Una luz cruda y gris espejeaba sobre el asfalto húmedo y, por encima de sus cabezas, el olor a ramas húmedas parecía oponerse al curso de los pensamientos de César.
-Pero has dejado sin contestar mi pregunta –dijo Gil-. ¿Qué es el arte? ¿Y cuál es la belleza que el arte expresa?
-Esa fue la primera definición que te di, cabeza de chorlito –dijo César-, cuando comenzaba yo a deshilvanar para mí mismo la cuestión. ¿Te acuerdas de aquella noche? Moisés perdió la ecuanimidad y se puso a hablar del jamón de la Europa.
-Me acuerdo –dijo Gil-. Nos estuvo hablando de los cochinos cerdos de todos los diablos.
-Arte –dijo César- es la adaptación por el hombre de la materia sensible o inteligible para un fin estético. Pero tú te acuerdas de los cochinos y su mujer; mas en cambio olvidas esto. Tú y Moisés son un par como para hacerle perder la paciencia a uno.
Gil dirigió una mueca hacia el cielo desapacible y gris.
-Si he de oír tus filosofías estéticas, dame otro cigarro. Me tienen sin cuidado. Me tienen sin cuidado hasta las mujeres. Al diablo contigo y con todas las cosas. Lo que yo necesito es un muy buen puesto. Y tú me lo puedes dar.
César le alargó la cajetilla. Gil cogió el último cigarro que quedaba diciendo sencillamente.
-Adelante.
-Aquino –continuó César- dice que lo bello es aquello cuya aprehensión agrada.Gil afirmó con la cabeza
-Lo recuerdo –dijo-. Pulcra sunt quae visa placent.
-Usa la palabra visa –dijo César- para cubrir todas las aprehensiones estéticas de cualquier naturaleza, ya provengan de la vista o del oído, o de cualquier otra vía aprehensiva. Esa palabra, aunque vaga, es suficientemente clara para dejar a un lado lo bueno y lo malo que excita el deseo o la repulsión. Quiere decir una stasis, no una kinesis. ¿Qué diremos de la verdad? También produce una stasis de la mente. Tú no habrías escrito con lápiz tu nombre sobre la hipotenusa de un triángulo rectángulo.
-No –dijo Gil-, lo que quiero es la hipotenusa de la Venus de Praxíteles.
-Luego lo que produce la verdad es unastasis –dedujo César-. Me parece que Platón dijo que la belleza es el resplandor de la verdad. No creo que eso quiera decir, sino simplemente que la verdad y la belleza son afines. La verdad es contemplada por la inteligencia aquietada por las relaciones más satisfactorias de lo sensible. El primer paso en dirección a la verdad es el llegar a comprender la contextura y la esfera de acción de la inteligencia misma. Todo el sistema de la filosofía de Aristóteles descansa sobre su libro de psicología, y éste, sobre la afirmación de que un mismo atributo no puede al mismo tiempo, y en la misma conexión, pertenecer y no pertenecer al mismo sujeto. El primer paso en dirección a la belleza es el comprender la contextura y la esfera de acción de la imaginación, el comprender el acto mismo de la aprehensión estética. ¿Está claro?
-Bien. ¿Pero qué es la belleza? –preguntó Gil impaciente-. Venga otra definición. ¡Algo que vemos y que nos agrada! ¿Es a eso a todo lo que llegas este Aquino y tú?
-Tomemos la mujer –dijo César.
-Tomémosla –repitió fervorosamente Gil.
-El griego, el turco, el chino, el copto, el hotentote –dijo César-, todos admiran un tipo diferente de belleza femenina. En este punto parece que nos perderemos en un laberinto sin salida. Hay, sin embargo, dos salidas. Una es la hipótesis de que cualquier cualidad física que los hombres admitan en las mujeres, esta en conexión directa con las múltiples funciones de la mujer para la propagación de la especie. Tal vez sea así. El mundo, según parece, es aún más lóbrego que lo que tú piensas, Gil. Por mi parte, a mí me desagrada esta solución. Conduce a la eugénica más bien que a la estética. Te saca fuera del laberinto para ir a dar a un aula nueva y chillona en la cual Beatrice, en una mano El origen de las especies, y en la otra El nuevo testamento, te explica que si tú admiras las mórbidas caderas de Venus, es porque sientes que ella puede darte el fruto de una prole rolliza, y que si admiras sus abundantes senos, es porque sientes que serían capaces de proporcionar una leche nutritiva a los hijos que en ella engendres.
-Pues si es así, Beatrice no es más que una requeteincordiante mentirosa –exclamo vibrantemente Gil.
-Queda otra salida –continuó César sin poder contener la risa.
-¿Y es? –dijo Gil.
-La siguiente hipótesis –comenzó César.
Un gran carro cargado de hierro avanzó por la esquina de avenida Cerro del Agua, sumiendo las últimas palabras de César en un horrible estruendo de metal tintineante. Gil se tapó los oídos y se puso a proferir juramento tras juramento hasta que el carro hubo desaparecido. Por fin, giró con ímpetu sobre los talones. César se volvió también y esperó por unos momentos hasta que el mal humor de su compañero estuvo bien desahogado.

-La siguiente hipótesis –repitió César- es la otra salida: aunque un mismo objeto pueda no parecer hermoso a todo el mundo, todo el que admira un objeto bello encuentra en él ciertas relaciones que le satisfacen y que coinciden con las etapas mismas de la aprehensión estética. Estas relaciones de lo sensible, visibles para ti a través de una determinada forma y para mí a través de otra distinta, serán, por tanto, las cualidades necesarias de la belleza. Y ahora vamos a volver a nuestro antiguo amigo Santo Tomás de Aquino en demanda de otros dos pesos de sabiduría.
Gil se hecho a reír.
-Me resulta enormemente divertido –dijo- el oírte citarle una vez y otra vez como si se tratara de un compinche frailuno que te hubieras echado. No sé si tú mismo no te estarás riendo para tu adentros.
-Héctor –contesto César- seguramente pondría mi teoría estética el remoquete de “tomismo aplicado”. Hasta aquí, hasta donde se extiende este aspecto de la filosofía estética, el de Aquino me puede conducir perfectamente encarrilado. Pero al llegar a los fenómenos de la concepción, gestación y reproducción artísticas, necesito una nueva terminología y una nueva investigación personal.
-Naturalmente –dijo Gil-. Después de todo, Santo Tomás, a pesar de su inteligencia, no era más que un frailuco como otro cualquiera. Pero eso de la investigación personal y de la nueva terminología ya me lo explicarás otra vez. Date prisa ahora y acaba la primera parte.
-¿Quién sabe? –dijo César sonriendo-. Tal vez Santo Tomás me podría entender mejor que tú. Era poeta también. Escribió un himno para el Jueves Santo. Comienza con las palabras Punge lengua gloriosi. Afirman que es la joya más preciosa de todo el himnario. Es un himno intrincado y confortante. Me gusta. Pero no hay himno que pueda ponerse al lado del Vexilla Regis, el canto procesional, triste y majestuoso de Venancio Fortunato.
Gil se puso a cantar, suavemente, solemnemente, con una voz de bajo profundo:

Impleta sunt quae concinit
Davis fideli carmine
Dicendo a nationibus
Regnavit a lingo Deus.

-¡Eso sí que es hermoso! –dijo, satisfecho-. ¡Estupenda música!
Se metieron por el Paseo de las Facultades. A pocos pasos de la esquina se encontraron con un mozo gordinflón que llevaba una bufanda de seda, el cual les saludó, deteniéndolos.
-¿Ya escucharon el resultado de los exámenes? –les pregunto-. A José Luis me lo han cateado. Heliodoro y Gerardo han obtenido puesto para el Servicio Social. Los gringos de Clark las han dado un atascón anoche. Les dieron Mole.
La cara hinchada y pálida expresaba una benevolente malicia, y mientras proseguía en la enumeración de los éxitos, los ojos se le iban sumiendo dentro de un brocal de grasa, y la voz débil y jadeante se hacía cada vez más imperceptible al oído.
En contestación a una pregunta de César, los ojos y la voz del noticiero volvieron a resurgir de sus escondrijos.
-Sí, Marco y yo –dijo-. El toma matemáticas puras y yo historia política.
También tomo ese curso de botánica, además. Ya sabes que soy miembro de la sociedad de herborizantes.
Se retiró un poco con aire majestuoso y se colocó una mano gordezuela y enguantada en lana sobre el pecho, del cual brotó al mismo tiempo una risa quebrada y jadeante.
-La primera vez que salgas a herborizar, tráenos unas papas y unas cebollas, para que hagamos un guisado –dijo secamente César.
El rollizo estudiante se echó a reír indulgentemente y dijo:
-Todos los de la sociedad de herborizantes somos personas de absoluta respetabilidad. El sábado pasado fuimos siete de nosotros a Guadalajara.
-¿Con mujeres, Donovan? –pregunto Gil.
Donovan se volvió otra vez a colocar la mano en el pecho y dijo.
-Nuestro objetivo es la adquisición de conocimientos. Después añadió rápidamente:
-He oído que estás escribiendo un trabajo sobre estética.
César hizo un vago gesto de negación.
-Goethe y Lessing –dijo Donovan- han escrito la mar acerca de este asunto, que si la escuela clásica, que si la romántica, y todas esas cosas. El Laocoonte me interesó mucho cuando lo leí. Claro que es idealista, germánico, ultraprofundo.
Ninguno de los otros dos contestó. Donovan se despidió cortésmente.
-Tengo que irme –dijo con aire benevolente y manso-. Tengo vivas sospechas, que casi llegan a ser convicción, de que mi hermana se proponía hacer porquerías para el postre de la familia Donovan.
-Adiós –dijo César andando ya-, no te olvides de traernos esas papas.
Gil volvió la cara para verle ir, inició un gesto de desdén que se fue agudizando hasta dar a su rostro la apariencia de una mascara diabólica.
-¡Y pensar –dijo por fin- que ese amarillo excremento, que ese comedor de fruta de sartén, pueda obtener un buen puesto, mientras que yo tengo que fumar de lo barato!
Se dirigieron hacia la Biblioteca Central y avanzaron en silencio por unos momentos.
-Terminaré lo que estaba diciendo acerca de la belleza –dijo César-. Las más satisfactorias relaciones de lo sensible deben por tanto corresponderse con las fases indispensables de la aprehensión estética. Si podemos encontrar éstas, habremos hallado las cualidades de la belleza universal. Aquino dice: Ad pulchritudinem tria requiruntur integritas, consonantia, claritas. Lo cual yo traduzco así: Tres cosas son precisas en la belleza: integridad, armonía, luminosidad. ¿Se corresponden estas cualidades con las fases de mi aprehensión? ¿Me estás siguiendo?
-Claro que estoy –dijo Gil-. Si crees que tengo una inteligencia excrementicia como la de Donovan, corre a buscarle y que sea él quien te escuche.
César señaló hacía una cesta que el recadero de un restaurante llevaba en posición invertida sobre la cabeza.
-Mira esa cesta.
-Ya la veo –dijo Gil.
-Para ver esa cesta tu mente necesita antes que nada aislarla del resto del universo visible que no es la cesta misma. La primera fase de la aprehensión es una línea trazada en torno del objeto que ha de ser aprehendido. Una imagen estética se nos presenta ya en el espacio o ya en el tiempo. Lo que es perceptible por el oído se nos presenta en el tiempo; lo visible, en el espacio. Pero, temporal o espacial, la imagen estética es percibida primero como un todo delimitado precisamente en sí mismo, contenido en sí mismo sobre el inmensurable fondo de espacio o tiempo que no es la imagen misma. La aprehendemos como una sola cosa. La vemos como un todo. Aprehendemos su integridad. Esto es integritas.
-¡De medio a medio, en el blanco! –dijo Gil riendo-. Sigue.
-Después –continuó César-, pasas de un punto a otro llevado por las líneas formales de la imagen; la aprehendes como un equilibrio de partes dentro de sus límites; sientes el ritmo de su estructura. Con otras palabras: a la síntesis de la percepción inmediata sigue el análisis de la aprehensión. Habiendo sentido primero que es una sola cosa pasas a sentir que es una cosa. La aprehendes como un complejo, múltiple, divisible, separable, compuesto de sus partes, y armonioso en el resultado, en la suma de ellas. Esto quiere decircons onantia.
-¡En el blanco otra vez! –dijo donosamente Gil-.
Explícame ahora lo que significa claritas , y te ganas un puro.
-La significación especial de la palabra resulta bastante vaga –dijo César-. Santo Tomas emplea un término que parece ser inexacto. A mi me tuvo desorientado por mucho tiempo. Te podría llevar a creer que el de Aquino había pensado en una especie de simbolismo o idealismo, según el cual la suprema cualidad de la belleza sería una luz extraterrena, de cuya noción la materia no sería más que una sombra, de cuya realidad sólo sería un símbolo. Pensaba yo que claritas quisiera significar el descubrimiento y la representación artística del universal designio divino, o una fuerza generalizadora que nos llevaría a convertir la imagen estética en universal, que la haría extrarradiar sus propias condiciones. Pero todo esto es literatura. Mi explicación es la siguiente: Una vez que haz aprehendido la cesta de nuestro ejemplo tomándola como una sola cosa, y después de haberla analizado con arreglo a su forma, de haberla aprehendido como cosa, lo que haces es la única síntesis que es lógicamente y estéticamente permisible.
Ves entonces que aquella cosa es ella misma y no otra alguna. La luminosidad a que se refiere Santo Tomás es lo que la escolástica llama quidditas, la esencia del ser. Esta suprema cualidad es sentida por el artista en el momento en que la imagen estética es concebida en su imaginación. La mente en este instante ha sido bellamente comparada con Séller a un carbón encendido que se extingue. El momento en el que la suprema cualidad de la belleza, la neta luminosidad de la imagen estética, es aprehendida en toda su claridad por la mente, suspensa primero ante su integridad, y fascinada por su armonía, la luminosidad y callada stasis de la deleitación estética, estado espiritual semejante a aquel otro del corazón, el cual, usando una frase casi tan bella como la de Séller, el fisiólogo italiano Luigi Galvani llama el encantamiento del corazón.

César hizo una pausa y, aunque su compañero permaneciera callado, sintió que sus palabras habían convocado a su alrededor un silencio encantado y pensativo.
-Lo que he dicho –comenzó de nuevo- se refiere a la belleza en el amplio sentido de la palabra, en el sentido que la palabra tiene dentro de la tradición literaria. En la vida corriente tiene otro sentido distinto. Cuando hablamos de la belleza en el segundo sentido del vocablo, nuestro juicio está influenciado en primer lugar por el arte mismo y por la forma del arte. La imagen, claro está, ha de ser colocada entre la mente o los sentidos del artista mismo y la mente y los sentidos de los otros. Si tienes esto presente, comprenderás que el arte tiene necesariamente que dividirse en tres formas que van progresando de una en una. Estas formas son: la lírica, forma en la cual el artista presenta la imagen en inmediata relación consigo mismo; la épica, en la cual presenta la imagen como relación mediata entre él mismo y los demás; y la dramática, en el cual presenta la imagen en relación inmediata con los demás.
-Eso me lo has dicho ya hace unas cuantas noches y fue entonces cuando empezamos aquella famosa discusión.

***

-Tengo un cuaderno en casa –dijo César- en el cual voy escribiendo una serie de precuentas más divertidas aún que las que tú me haces. Fue precisamente al tratar de resolverlas cuando encontré la teoría estética que te voy explicando. He aquí algunas de las preguntas que me propongo: Una silla primorosamente trabajada, ¿es trágica o cómica? ¿Es bueno el retrato de Mona Lisa si siento deseo de verlo? ¿Qué son los bustos de Rodin, lírico, épico o dramático? Y, si no, ¿por qué causa?
-Efectivamente, ¿por qué causa? –dicho Gil echándose a reír.
-Si un hombre dando furiosos hachazos en un leño –prosiguió César- llega a darle la forma de una vaca, ¿será esta imagen una obra de arte? Y si no lo es, ¿cuál es la causa?
-Esa si que es estupenda –dijo Gil echándose a reír de nuevo-. Apesta a escolástica, que trasciende.
-Lessing –dijo César- no debería haber escogido un grupo de estatuas como un tema literario. El arte, necesariamente impuro, no presenta netamente separadas estas distintas formas de que acabo de hablar. Aun en literatura, que es la más elevada y espiritual de las artes, estas formas se presentan a menudo confundidas. La forma lírica es de hecho la más simple vestidura verbal de un instante de emoción, un grito rítmico como en aquellos que en épocas remotas animaban al hombre primitivo doblado sobre el remo u ocupado en izar un peñasco por la ladera de una montaña. Aquel que lo profiere tiene más conciencia del instante emocionado que de si mismo como sujeto de la emoción. La forma más simple de la épica la vemos emerger de la literatura lírica cuando el artista de demora y repasa sobre sí mismo como centro de un acaecimiento épico, y tal forma va progresando hasta que el centro de gravedad emocional llega a estar a una distancia igual del artista y de los demás. La forma narrativa ya no es puramente personal. La personalidad del artista se diluye en la narración misma, fluyendo en torno a los personajes y a la acción, como las ondas de un mar vital. Se llega a la forma dramática cuando la vitalidad que ha estado fluyendo y arremolinándose en torno a los personajes, llena a cada uno de éstos de una tal fuerza vital que los personajes mismos, hombres, mujeres, llegan a asumir una propia y ya intangible vida estética. La personalidad del artista, primeramente un grito, una canción, una humorada, más tarde una narración fluida y superficial, llega por fin como a evaporarse fuera de la existencia, a impersonalizarse, por decirlo así. La imagen estética en la forma dramática es sólo vida purificada dentro de la imaginación humana y proyectada por ella. El misterio de la estética, como el de la creación material, está ya consumado. El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro, o detrás, o más allá, o por encima de su obra, transfundido, evaporado de la existencia… indiferente… entretenido en arreglarse las uñas.
-El plan de transfundirlas también fuera de la existencia –dijo Gil.
Una lluvia menuda había comenzado a caer del cielo alto y nublado, y en vista de ello giraron hacia la Universidad para llegar a la Biblioteca Central antes de que sobreviniera el chaparrón.
-¿Qué te has propuesto –preguntó agriamente Gil- con toda esa jeringonza acerca de la imaginación y de la belleza, estando como estás en este condenado país, dejado de la mano de Dios? No me maravillo de que el artista se retirase dentro, o detrás de su obra, después de haber perpetrado un país semejante.

La lluvia caía más de prisa. Cuando hubieron atravesado el pasadizo de al lado de Filosofía, toparon con una turba de estudiantes que estaban refugiados bajo la entrada de la biblioteca. Eric, recostado contra una columna, seguía la charla de unos camaradas, mondándose los dientes con el palillo de una cerilla previamente agudizado. Gil le murmuro al oído de César:
-Tu amada está aquí.
.......