"La lenguaje no es creado por el individuo, sino el lenguaje es el que crea al individuo."

"Masas concurridas; la identidad ha muerto. Es vuestra vida, es vuestra deserción."

"Los necios e ignorantes no aspiran a adquirir conocimiento, pues el verdadero mal de la incultura está precisamente en que sin saber nada creen saber mucho"

sábado, 24 de noviembre de 2012

Conocimiento Estético.


Consideremos las creencias que se expresan en juicios del crítico o del espectador referidos al objeto artístico. Pueden ser juicios de valor (juzgamos que una obra es “bella”, “profunda”, “frívola”, “expresiva”, “acartonada”, “elegante”, “dura”, etc.), o juicios descriptivos sobre características de la obra (estilo al que pertenece, significado, mensaje que pretende expresar, influencias aparentes, etc.). Esas creencias se justifican en un conocimiento personal e intransferible. Lo cual no quiere decir que no haya en arte saberes generales, compartibles por cualquiera. La arquitectura necesita de una técnica de la construcción, semejante a la que utiliza un ingeniero; el músico debe de dominar la ciencia de la armonía; las artes plásticas pueden sacar mucho provecho de los tratados de perspectiva o de las técnicas de composición y uso de materiales; aún el empleo de computadoras parece prometer un tratamiento más riguroso de las estructuras formales; y, en la literatura, muchos abogan por el uso de métodos científicos en la crítica de las obras. En suma, no puede dudarse de la posibilidad de ciertos saberes objetivos, incluso de teorías científicas comprobables, acerca del arte. Pero la validez de un juicio estético determinado no puede solo inferirse solo de esos saberes. La precisa aplicación de una técnica constructiva no es suficiente para engendrar un espacio bello, para ello es menester la capacidad personal del artista en percibir e imaginar las proporciones adecuadas de los distintos espacios, las relaciones entre vanos y masas tectónicas, la cualidad de las texturas, etc. Y nada de eso puede estar regulado por un saber previo. Una capacidad semejante se requiere al espectador: para apreciar la belleza de las formas, en vano acudiría a manuales; si tiene la sensibilidad requerida puede, en cambio, gozar de la armonía de la obra arquitectónica, aunque ignore todo de las técnicas de construcción y diseño. Igual sucede en todas las artes. Toda la técnica del contrapunto es insuficiente para justipreciar una partitura de Bach y la “ciencia” literaria fracasa al intentar comunicar la emoción estética que despierta un poema de Neruda. La diferencia entre el seudoarte académico, adocenado y mediocre, y el auténtico arte creador consiste justamente en que el primero pretende seguir puntualmente un saber formal, impersonal, que expresa reglas generales, y el segundo, en cambio, se basa en un conocimiento personal e intransferible. En el arte, tanto en el contexto de descubrimiento como en el de justificación de los juicios estéticos, se requiere cualidades subjetivas que no pueden estar inclinadas a un saber previo.
Sin embargo, los juicios sobre la obra de arte pueden justificarse. Sólo por su justificación no remite a un saber objetivo sino a la experiencia individual. El crítico apela, para justificar sus juicios, a la experiencia de cualquier espectador que posea la sensibilidad y la educación artística adecuada. Cada quien debe tener una experiencia de la obra de arte para comprobar en ella el juicio ajeno. Nadie puede apreciar por otro una obra de arte ni el mundo que ella comunica. Frente a la justificación objetiva de la ciencia, los juicios estéticos remiten a una justificación personal, que tiene más que ver con la sabiduría.
La diferencia entre el conocimiento personal y el saber objetivo no está, por lo tanto, en la falta de justificación de las creencias basadas en aquél, sino en las condiciones subjetivas requeridas para la justificación. Las creencias que constituyen un saber objetivo deben ser justificables para cualquier sujeto epistémico pertinente, las creencias artísticas deben de serlo para cualquier sujeto que cumpla con ciertas condiciones personales adicionales. Las condiciones para establecer que una persona sea sujeto pertinente de un juicio estético son mucho más amplias que las que determinan que una persona sea sujeto pertinente de un saber. No basta con tener acceso a las mismas razones, compartir los mismos saberes previos y aceptar los mismos supuestos ontológicos. ¿Qué más hace falta? Por lo menos, cuatro condiciones:

a. Cualidades personales indefinibles con precisión, como “sensibilidad”, “buen gusto”, “imaginación estética”, “refinamiento”. Por más tratados de arte que aprenda, quien carezca de la sensibilidad adecuada será incapaz de juzgar la belleza de cualquier obra de arte.

b. Esa sensibilidad puede ser educada. Se requiere entonces de experiencias anteriores diversas, en las cuales se cree una cierta familiaridad con las obras de arte.

c. Tanto la sensibilidad como la educación estética se encuentran condicionadas por un medio cultural históricamente determinado. Para juzgar adecuadamente de una obra de arte y “tratar” de entender su mensaje, es preciso comprender una cultura.

d. Comprender una cultura implica aceptar supuestos más amplios que los compromisos ontológicos que delimitan una comunidad epistémica: implica compartir juicios previos de valor, aunque sea de modo implícito. Lo que es bello y expresivo para una cultura, puede no serlo para otra. El consenso acerca de verdades estéticas supone, pues, un último requisito: una actitud favorable a ciertos valores.

L.V.

viernes, 31 de agosto de 2012

Filosofía y dominación.






 En nuestra época la actividad filosófica se ha vuelto motivo de perplejidad. Sus doctrinas parecen estar destinadas a dar paso a un saber racionalmente más seguro, la ciencia, o bien a disfrazar opiniones socialmente manejables, las ideologías. ¿Entre ciencia e ideología queda algún lugar para la filosofía? ¿Tiene algún objeto aun, entre la fascinación por la mentalidad científica y las intoxicaciones ideológicas, aquel pretendido saber que nunca estuvo demasiado seguro de sí mismo? ¿Para que la filosofía? Preguntamos con frecuencia. Estas breves reflexiones, más tentativa que logro, buscaran una respuesta por un camino sesgado: la filosofía vista desde la estructura social de dominio. La filosofía siempre ha tenido una relación ambivalente con el poder social y político. Por una parte, tomo la sucesión de la religión como justificadora teórica de la dominación.

Todo poder constituido ha tratado de legitimarse, primero en una creencia religiosa, después en una doctrina filosófica. Todo poder por constituir ha buscado en el fervor de una promesa divina, en la visión de un mundo utópico o en el análisis racional de una sociedad, el fundamento de sus pretensiones revolucionarias. Tal parece que la fuerza bruta que sustenta al dominio carecería de sentido para el hombre si no se justificara en un fin aceptable. El discurso filosófico, a la releva de la religión, ha estado encargado de otorgarle ese sentido; es un pensamiento de dominio.

Por otro lado, la filosofía ha sido vista a menudo como un ejercicio corrosivo del poder. Desde Grecia, el filósofo genuino aparece como un personaje inconforme, cínico o extravagante, o bien desdeñoso de la cosa pública, distante y distinto, "escondido en un rincón,. . .murmurando con tres o cuatro jovenzuelos" (Gorgias, 485d). Con frecuencia es tildado de corruptor, de disolvente, de introductor de peligrosas novedades. A lo largo de la historia, casi todo filósofo renovador ha merecido, en algún momento, alguno de estos epítetos: disidente, negador de lo establecido, perturbador de las conciencias, sacrílego o hereje, anárquico o libertino, reacio e independiente, cuando no francamente revolucionario. En efecto, la actividad filosófica autentica, la que no se limita a reiterar pensamientos establecidos, no puede menos de ejercerse en libertad de toda sujeción a las creencias aceptadas por la comunidad: es un pensamiento de liberación.

Justificadora del poder y negadora de la sujeción de la razón, pensamiento de dominio y pensamiento de liberación. ¿Cómo explicar esa ambigüedad? ¿La contradicción aparente no podrá revelarnos una característica importante de la filosofía? Examinemos los dos rasgos con que, desde Sócrates, se ha presentado la actividad filosófica: esta ha pretendido ser, a la vez, reforma del entendimiento y elección de vida nueva.

Veamos el primer rasgo. Tratemos primero de caracterizar lo que tiene de específico la pregunta filosófica frente a otro tipo de interrogantes. La pregunta filosófica lleva a su término una operación que se encuentra implícita en cualquier pregunta científica: poner a prueba tanto las creencias recibidas como el aparato conceptual supuesto en ellas. Pero, en su labor cotidiana, la "ciencia normal" (en la acepción de Kubn) se refiere principalmente a hechos, a objetos o clases de objetos y a relaciones entre esos hechos u objetos. La manera de responder a los problemas planteados es comprender esos hechos y relaciones mediante un "paradigma" o una teoría conceptual previamente aceptados por esa disciplina científica.

Porque tiene que dar razón de hechos u objetos dados, el pensamiento científico parte de ciertas creencias básicas, con las cuales interpretarlos y explicarlos, que no puede poner en cuestión en su proceso explicativo; explicar quiere decir: subsumir hechos o relaciones entre hechos, bajo esquemas conceptuales cuya validez se acepta. Así, la "ciencia normal" no es posible más que sobre la base de un marco conceptual compartido por la comunidad científica, de paradigmas y de teorías explicativas, supuestas por la misma pregunta, que no se ponen en cuestión en la labor cotidiana de la ciencia. Solo cuando un paradigma o una teoría se muestra incapaz de dar razón de los hechos, la interrogación se dirigirá a ellos. En esos casos, la pregunta ya no se refiere a hechos, objetos o relaciones entre ellos, sino a las creencias básicas y los conceptos supuestos en la ciencia normal. Solo entonces el científico siente la necesidad de poner a prueba su propio aparato conceptual. La pregunta científica se radicaliza. Esa radicalización es un paso de la pregunta científica a la filosófica.

La pregunta filosófica, en efecto, no se refiere a hechos u objetos del mundo, ni siquiera a clases de ellos, se refiere al marco conceptual supuesto en cualquier pensamiento sobre esos hechos u objetos, por consiguiente atañe a las creencias básicas que anteceden a cualquier interpretación o explicación racionales. La suscita un permanente asombro, una perplejidad ante cualquier opinión no revisada, ante cualquier creencia compartida, ante cualquier saber heredado; azoro frente a "lo aceptado sin discusión", frente a "lo obvio". Desde Sócrates, que recorría las calles de la ciudad para sacudir la seguridad de sus conciudadanos en sus opiniones, hasta Wittgenstein, empeñado en señalar a la mosca la salida de la botella de su propio aparato conceptual, el filósofo se ha adjudicado la tarea de poner en cuestión todo supuesto, toda opinión aceptada sin discusión, toda convención compartida, poner en cuestión, en ultimo termino, el sistema de conceptos que permite formular una pregunta con sentido.

Su objeto es puramente conceptual. Por eso, si el conocimiento implica una relación con hechos u objetos del mundo, la filosofía propiamente no conoce, piensa. Es un pensamiento sobre el conocimiento; un pensamiento que interroga sobre nuestra pretensión de saber. En algún momento, en el siglo XVII, ese pensamiento quiso ser tan radical que pretendió partir de la duda universal acerca de todas las creencias recibidas, para reconstruir sobre bases firmes la ciencia. Ahora comprendemos lo imposible de esa empresa; hemos aprendido que aun el cuestionamiento más radical tiene que seguir admitiendo creencias básicas de las que no puede deshacerse. Pero, si bien la filosofía no puede ser una "reconstrucción universal del saber", como quería Desearles, si puede ser, al menos, una "reforma del entendimiento".

La pregunta filosófica conduce a la crítica de la razón por ella misma. Esta podría resumirse en tres operaciones ligadas entre sí. Primero: El análisis de los conceptos. Permite rechazar los conceptos oscuros y alcanzar conceptos cada vez más precisos: reforma de nuestro aparato conceptual. Segundo: El examen de las razones en que se fundan enunciados que expresan nuestras creencias. Permite rechazar las opiniones infundadas y llegar a creencias fundadas en razones: reforma de nuestras creencias. Tercero: Lo anterior permite deslindar las preguntas que no pueden formularse, por carecer de sentido o de respuesta, de otras legítimas, y llegar así a preguntas cada vez más iluminadoras: reforma de nuestra capacidad inquisitiva.

Por restringido que este proceso se presente al examen de conceptos y cuestiones específicas, como las que habitualmente trata el filósofo, el entendimiento no puede ser el mismo antes v después de él. La crítica de la razón conduce de manera inevitable al abandono de conceptos oscuros y de creencias infundadas y a la formulación de nuevos conceptos y creencias: libera el entendimiento, aunque sea parcialmente, de ciertas creencias aceptadas sin discusión; le permite reformar el marco conceptual en que esas creencias se basan.

Ahora bien, ninguna sociedad podría subsistir sin un sistema de creencias compartidas y un marco conceptual aceptado, que son transmitidos día con día por la educación y la practica social. Esas creencias reiteradas rigen el comportamiento social, permiten una acción ordenada dentro de la estructura de dominación existente. Constituyen, de hecho, un aparato de dominio sobre las mentes, que asegura la reiteración del orden social.

La actividad filosófica pone en cuestión las creencias adquiridas al pertenecer a una sociedad, para acceder a otras basadas en la propia razón. Cada quien debe examinar por si mismo los fundamentos de sus creencias. Por eso la transmisión de una verdad filosófica es lo contrario del adoctrinamiento. No consiste en comunicar opiniones, sino en hacer ver las razones en que se funda una creencia, de tal modo que el otro solo hará suya esa creencia si los fundamentos en que se basa se le imponen a su propio entendimiento. Comunicar una verdad filosófica consiste en abrir a la mente ajena para que ella vea, por si misma, las razones en que se funda. "La filosofía no se enseña —dijo Kant— solo se enseña a filosofar". En efecto, frente al adoctrinamiento de las mentes por las voces exteriores, la actividad filosófica pretende despertar en cada quien su propio "maestro interior", como llamaba San Agustín a la voz de la propia razón. Así la reforma del entendimiento libera la mente de su sujeción a las creencias impuestas y la pone en franquía para aceptar las que vea por sí misma. Emancipación de la razón de la dominación de las convenciones, ruptura de la sujeción a los aparatos conceptuales que reiteran un dominio. Es cierto, muchos filósofos pueden no plantearse ese objetivo: en el mundo académico actual algunos incluso lo despreciarían: quisieran parecer "neutrales" frente a toda situación de dominio. ¿Qué más alejado, en apariencia, de una actividad liberadora, que un análisis conceptual sobre un tema especifico del lenguaje ordinario o del discurro científico, como los que llenan hoy en día las revistas especializadas de filosofía? Con todo, en la medida en que ese análisis cuestiona y analiza conceptos previamente aceptados, en la medida en que discute creencias compartidas, por mas restringidas que sean unos y otras, pone en entredicho, aun sin proponérselo, un instrumento de dominación. Por su preguntar mismo y por su operación crítica, no por su intención expresa, la actividad filosófica es un pensamiento disruptivo, es decir, cumple una función de ruptura de las creencias.

Por ello, la actividad filosófica ha solido presentarse con imágenes que expresan, con distintas variantes un tema común: la negación de una situación servil o enajenada y el acceso de la razón a una situación liberada de su servidumbre. Los ejemplos históricos abundan: prisioneros atados en una caverna que escapan, por fin, hacia la luz solar: abandono de la dispersión y recogimiento sobre sí mismo: iluminación interior: destrucción de los "ídolos del foro y del teatro": descubrimiento de una "razón pura"; conversión de una "actitud natural", olvidada de la propia razón, a la "actitud reflexiva"; curación, terapia contra los engaños del lenguaje.

Por distintas que sean esas imágenes, en todas se expresa un movimiento de ruptura. 

Pasemos ahora al segundo rasgo que señalábamos como característico de la filosofía. Desde sus inicios, la filosofía no está desligada de una búsqueda de la "vida buena". La reforma del entendimiento revela también, a menudo, el camino de una vida justa. La vida filosófica se distingue de otras selecciones de vida por pretender fundarse en un examen personal de la razón liberada y no en los "decires" (mitos en griego) de la comunidad.

¿Cuál es esa "vida buena" señalada por la libre razón? Las discrepancias son enormes. Los modelos de vida que presentan las distintas filosofías varían considerablemente. Pueden incluso situarse entre extremos en apariencia opuestos: en un polo, por ejemplo, el desprendimiento de todo apego a la vida mundana, predicado por un Plotino, en el otro, la afirmación nietzscheana de la vida plena; de un lado, la impasibilidad estoica ante los sufrimientos, del otro, la afirmación, desde Platón a Schopenhauer, del amor o la compasión como vías de salvación; en un extremo, Aristóteles y Spinoza: la paz de la actitud contemplativa, en el otro, Marx: la entrega a la praxis transformadora del mundo. Dentro de esta diversidad de posiciones; ¿no habrá en todas ellas un rasgo común que pudiera definirlas respecto al tema que nos ocupa?

La búsqueda de la "vida buena" se inicia en un cambio de actitud: rechazo de valores y formas de vida usuales, y elección de otros valores no cumplidos cabalmente. La vida buena no se realiza siguiendo las convenciones reiteradas día con día, que mantienen unida a la sociedad y permiten la continuidad de un orden. Por lo general, la postulación de la “vida justa” deja de confirmar las creencias morales que justifican esa práctica social e implica la aceptación de una moral más alta, que rompe con usos y valoraciones establecidos. A menudo, ese cambio de actitud llega hasta una inversión de valores: en su límite, la vida buena supone la elección de lo otro, de lo distinto a la práctica reiterada en la sociedad establecida. Así, en una sociedad donde priva el afán de poder, el sabio griego elige sufrir la injusticia antes que cometerla, o bien preservar su libertad interior, puro de toda ambición y de todo dominio; en un mundo henchido de apariencias, el filosofo hindú elige el vacio interior y el apartamiento; y muchos siglos más tarde, en una civilización enajenada por el lucro y la explotación, será el filosofo quien postulara de nuevo lo otro: un mundo futuro donde el hombre llegaba a ser hermano del hombre. Cualesquiera que sean las formas en que se presente la vida nueva, coinciden en un punto: es siempre liberación y autenticidad. La sociedad de dominación existente no realiza esa vida; para acceder a ella hay que romper con el conformismo de ideologías morales convencionales. La “vida buena” se coloca, de algún modo "fuera" de las prácticas sociales dominantes: se proyecta en un mundo de utopía, se refugia en una pequeña comunidad de sabios, se encierra en la altiva independencia del individuo o se concreta en un grupo o clase social impugnadora del dominio.

La vida buena es lo otro en el seno de la sociedad existente. En la mayoría de las filosofías, la vía de la liberación, aunque se presente como universal, se ofrece solo a cada individuo. En algunas, en cambio, se postula como ideal de liberación colectiva. A la imagen del hombre justo liberado, sucede la de la liberación de la comunidad de todos los hombres. El filósofo se convierte entonces en reformador o aún en revolucionario. Con ello amplia la búsqueda de la vida justa del "alma" individual a la sociedad entera. El pensamiento disruptivo propio de toda filosofía adquiere, así, un nuevo alcance.

Es difícil entender a los filósofos reformadores o revolucionarios si no suponemos, en el fondo de su reflexión, esa búsqueda de la vida justa de que antes hablamos. Por estricto que sea el rigor científico con que algunos pretendan ejercer su pensamiento, siempre está presente el cambio de actitud que lleva a rechazar los valores de la sociedad de dominio y a postular los contrarios.

Así como la vida justa individual se realiza “fuera” de las prácticas dominantes, así la vida colectiva justa se coloca en un estado situado "más allá" de la sociedad existente. No solo eso: la sociedad existente solo puede justificarse si se funda en ese estado distinto, ya sea porque derive de él y realice sus valores, o porque tienda a él como a su fin. La dominación solo es legítima si se basa en un estado sin dominio. En efecto, en el estado que legitima el poder se ha suprimido la estructura de dominio propia de la sociedad existente; justo por ello, se sitúa "fuera" de ella. En unas filosofías se trata de un estado ajeno a la historia: se coloca entonces en la naturaleza (la "ley natural"), en un orden ideal (como en la Republica de Platón), o en un "no-lugar" (la Utopía). En otras, está situado antes de la sociedad civil, en un "estado de naturaleza" previo a la dominación. En algunas, por fin, se coloca en el fin de la historia, en un "mundo de los fines" o en una “sociedad sin clases”, donde la raíz misma de la dominación se disolvería.

La reforma del entendimiento suele acompañarse así de un proyecto de reforma de vida y, eventualmente, de una reforma de la comunidad. Si por su preguntar teórico, la actividad filosófica era cuestionamiento y discrepancia, por su actitud práctica adquiere un signo más de negación. Frente al pensamiento utilizado para integrar la sociedad y asegurar su continuidad como esa misma sociedad, el pensamiento filosófico es pensamiento de ruptura, de otreidad.

¿Cómo es posible entonces que se convierta tan fácilmente en servicial?

¿Por qué extraña dialéctica ese pensamiento disruptivo se transforma en un sostén de la sociedad de dominio? Revisemos los dos rasgos que distinguíamos en la filosofía: la reforma del entendimiento y la elección de una forma de vida. Por el primero, la filosofía consiste en una actividad racional continua; en ella, el preguntar, el poner en cuestión, el analizar y precisar conceptos solo se detienen un momento para sentar sus resultados y continuar de inmediato con una nueva inquisición. Ningún argumento puede darse por concluido, ningún análisis llega a conceptos que no puedan a su vez analizarse, ninguna respuesta deja de remitir a un nuevo interrogante. Critica permanente de la razón, su progreso no consiste en formular enunciados definitivos, sino en disolver falsas preguntas y plantear otras más iluminadoras, en rechazar conceptos confusos y alcanzar otros más precisos. Con todo, el resultado de esa actividad se fija en un discurso, esto es, en un conjunto de enunciados enlazados entre si en un orden o en un sistema. La reflexión queda apresada, detenida en proposiciones concluyentes: se expresa en un conjunto de tesis, que pueden proponerse a la aceptación o rechazo del otro. El discurso filosófico, fijado en clausulas, definiciones, premisas, conclusiones, se independiza de la actividad racional que lo produjo: objetivado, se da por un producto acabado de la razón. Ya no sirve solo para comunicar el camino de la razón en su proceso inquisitivo, sino para expresar un conjunto de creencias que pueden o no compartirse. Al plasmarse en un discurso, la actividad filosófica puede convertirse en doctrina.

Doctrina es un conjunto enlazado de opiniones que pueden enseñarse.

Transmitir la filosofía como actividad reflexiva consistía en que despertare cada quien su propia razón para que esta viera por sí misma. Aceptar un enunciado filosófico significaba seguir y reproducir con la propia razón la pregunta, el análisis y la argumentación que condujo a ese enunciado. Comunicar una doctrina filosófica, en cambio, consiste en proponer un conjunto de creencias conectadas entre sí para que el otro se adhiera a ellas. No se trasmite la actividad racional sino su producto. Codificado en su propia Germania, sellado como un sistema consistente de opiniones, el producto de la razón, separado de su práctica productora, puede manejarse como una "concepción del mundo", creencia común de una escuela, de una “corriente filosófica”, cuando no de un grupo, de una secta. El aprendiz de filósofo ya no es llamado a repetir en sí mismo el asombro y la inquisición de su propia razón, ahora es invitado a seguir un "ismo", a dejarse guiar por las tesis de una escuela. El pensamiento liberador de toda creencia compartida ha dado lugar a un nuevo sistema compartido de creencias.

Proceso semejante sucede con la filosofía entendida como reforma de vida. La postulación de la "vida buena" supone un cambio personal de actitud. Por eso, en este campo, la filosofía no está desligada de la práctica. El pensamiento filosófico invita a elegir una forma de vida, la práctica de esa vida corrobora el pensamiento. La vida nueva no puede fundamentarse sin el testimonio personal. Así como, en su actividad crítica, la transmisión del filosofar solo podía ser el despertar de la libre razón del otro, en su propuesta práctica, la transmisión de la filosofía solo consiste en suscitar en el otro la convicción personal y el cambio de actitud que lo lleve a abrazar una nueva forma de vida. Las razones que comunica el discurso filosófico tienen ese último propósito. Pero también aquí el resultado de la actividad filosófica, al expresarse en un discurso, puede transformarse en una doctrina moral o política. Se presenta como un conjunto consistente de tesis y sentencias, de valoraciones, de normas o preceptos de vida, de regulaciones practicas. Entonces puede ser usada, manipulada, para orientar y dirigir la acción de los demás.

Su codificación en una doctrina es la amenaza que pesa sobre todo pensamiento liberador, tanto el que busca la emancipación personal, en una práctica moral, como el que intenta una liberación colectiva, en la práctica política. En todos los casos, el pensamiento disruptivo puede coagularse en un sistema codificado de sentencias, tesis, preceptos, recetas. Detenido, separado de la práctica individual o social, según el caso, ya no se transforma al tenor de la vida que lo produjo. Comunicar la filosofía convertida en doctrina, ya no consiste en invitar a un cambio de actitud para que el otro elija libremente una práctica nueva de vida, sino en transmitir un conjunto de creencias, para que el otro sujete su vida a ellas.

Al convertirse en doctrina, una filosofía puede ser usada para mover a los otros con distintos propósitos: pero hay uno que me interesa destacar: puede servir como instrumento de cohesión social.

En una sociedad dividida en clases, la cohesión buscada no puede menos que reproducir sistemas de dominación. Legisladores, sacerdotes, moralistas pueden hacer suya una doctrina de liberación personal para consolidar un grupo, una iglesia, una clase social: aparatos políticos, burocracias, partidos, apropiarse una doctrina de liberación colectiva para justificar su poder. Con tal de integrarse en el grupo y sentirse seguros en el, los individuos someten su razón a la doctrina aprendida.

La actividad destinada a poner en cuestión las creencias que nos dominan genera entonces creencias que dominan de nuevo a las mentes. Esto es posible por un doble paso: Primero: la independencia del discurso filosófico respecto de la practica racional que lo produjo y su fijación en una doctrina. Segundo: su utilización como un instrumento de cohesión y de dominio. Al dar este secundo paso, la filosofía se convierte en ideología.

Esa conversión satisface una necesidad. Cualquier grupo social requiere de creencias compartidas por todos sus miembros que, al reiterarse en el comportamiento cotidiano, le presten homogeneidad y cohesión. Las creencias aceptadas comúnmente se manifiestan en disposiciones a actuar de modo que se mantenga el orden y la seguridad en el grupo. Las creencias compartidas nos ocupan, en el doble sentido del término: nos dan nuestro lugar dentro de una estructura social, incluso dentro de un orden cósmico, y nos mantienen "ocupados", esto es, nos permiten actuar debidamente en los papeles sociales que nos corresponden. Al ocuparnos en una sociedad regida por la dominación, las creencias compartidas, a cambio de satisfacer nuestra necesidad de integración y seguridad, aseguran nuestra colaboración en la estructura de poder existente.

Así, el pensamiento disruptivo al utilizarse en una doctrina que se ensena y comparte, puede dar lugar a un pensamiento integrador, destinado a mantener la continuidad. El pensamiento que abría la razón a lo otro de las creencias aceptadas, puede desembocar en un pensamiento cuya función es reiterar lo mismo: las creencias usuales y usadas en un grupo, en una clase. Es esa función distinta, y no su contenido, lo que separa un pensamiento de liberación de un pensamiento de dominio, la filosofía de la ideología. Un mismo discurso, al ser transmitido, puede suscitar en el otro la liberación de sus prejuicios y el despertar de la propia razón, o bien, por el contrario, imponérsele como una opinión indiscutida que lo ocupa e integra en una estructura de dominio; en este segundo caso, el "maestro interior" de cada quien cede su lugar a toda clase de maestros "externos". Ahora se nos hará mas claro, tal vez, por que los poderes sociales acuden a la filosofía para legitimarse. La dominación solo es efectiva cuando los dominados la aceptan. Por ello tiene que presentarse como no-dominación, esto es, como realización de otros valores: libertad, equidad, felicidad, etc. El estado de dominación se legitima en el consenso si se presenta como aquel en que puede realizarse lo otro de la dominación, postulado por la filosofía. La utilización del pensamiento de lo otro como instrumento para reproducir la misma situación de dominio es justamente la ideología. Esta operación se realiza mediante un pensamiento encubridor: tal es el pensamiento de dominación. El encubrimiento consiste en presentar el pensamiento de ruptura como si se ejerciera al compartir las creencias que aseguran la continuidad social; presentar el pensamiento de liberación, que abre a una forma de vida y aúna sociedades distintas, como si se expresara en doctrinas comúnmente aceptadas, que aseguran la reiteración de la forma de vida y la sociedad existentes.

El encubrimiento ideológico puede verse en el uso que el poder político puede hacer de las doctrinas filosóficas. En muchos casos el ejercicio de una dominación aparece como una realización histórica de aquel otro estado postulado por una filosofía. Los ejemplos en la historia del pensamiento son muchos: en la conquista española se realizan los valores del cristianismo, que es justamente negación de toda conquista; en la dictadura jacobina se manifiesta el contrato social de las libertades individuales, destinado a preservarlas; en la explotación capitalista se garantizan los derechos del hombre, que implican la negación de toda explotación; en la dominación de la burocracia se asegura la liberación del proletariado, que supondría la negación de todo poder burocrático. ¿No ha sido el destino de la mayoría de los pensamientos libertarios ser usados para justificar situaciones de dominio? Al alejarse de la práctica que le dio origen, al abandonar su cuestionamiento continuo, al fijarse en un "ismo", un pensamiento libertario está listo para convertirse en servidor de un poder establecido. La ideología es ese encubrimiento del pensamiento filosófico, para utilizar sus doctrinas al servicio de una dominación. Al término de estas reflexiones podemos regresar a nuestra pregunta inicial: ¿Para que la filosofía? La integración social requiere de un pensamiento reiterativo que nos ocupe. En las sociedades actuales, el pensamiento reiterativo opera como instrumento de dominación. La sociedad dominada se rigidiza en un sistema enajenante: los productos de la razón dominan a su productor. Todo progreso, toda liberación implica ruptura. La actividad filosófica es el tábano de la conformidad ideológica. Impide la tranquila complacencia en las creencias aceptadas, reniega de la satisfacción de sí mismo en las convicciones reiteradas.

Con ello, da testimonio perpetuo de la posibilidad de liberación de la razón.

¿Y no es ahora más necesario que nunca ese pensamiento de ruptura, en esta época de pensamiento homogeneizado, reducido a lugares comunes, enlatado, consumido en grandes cantidades, en esta época de pensamiento manipulado, servicial, fascinado por la fuerza y el poder, en esta época, en suma, en que la razón parece haber sido domesticada por el afán de ganancia y de dominio? Si la ideología nace de la necesidad de seguridad e integración sociales, la filosofía satisface una necesidad de autenticidad y libertad. ¿No está ahora más viva que nunca esa necesidad? ¿No requerimos con urgencia aprender a asombrarnos de nuevo ante las opiniones que, por "obvias", se nos quieren inculcar, aprender a poner en cuestión de nuevo todos los mitos con que nos han adormecido, recuperar la precisión y veracidad de los conceptos bajo los disfraces gastados de los discursos en uso? Así entendida, la filosofía no puede reducirse a su práctica profesional. Ningún profesor guarda el monopolio de la actividad filosófica ni hay academia alguna que garantice su ejercicio. La filosofía es la actividad disruptiva de la razón y esta se encuentra en el límite de todo pensamiento científico. Porque toda ciencia genuina, al ser radical, es critica constante del pensamiento usado y usual, propio de la ideología. La filosofía no es una profesión, es una forma de pensamiento, el pensamiento que trabajosamente, una y otra vez, intenta concebir, sin lograrlo nunca plenamente, lo otro, lo distinto, lo alejado de toda sociedad en que la razón esté sujeta. Lo otro, nunca alcanzado, buscado siempre en la perplejidad y en la duda, es veracidad frente prejuicio, ilusión o engaño, autenticidad frente enajenación, libertad frente opresión.



Luis Villoro Toranzo.

lunes, 18 de junio de 2012

El amor según Alain Badiou.


Alain Badiou, filósofo, dramaturgo y novelista, es uno de los nombres más destacados del pensamiento contemporáneo. En un reciente reportaje publicado responde al interrogante del amor como categoría de verdad. Me parece una respuesta sublime.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

—Creo que el amor es un procedimiento de la verdad; entonces, es una condición natural para la filosofía. (Reconozco cuatro tipos de procedimientos de la verdad: la ciencia, el arte, la política y el amor.) En el amor podemos rastrear todas las características de un procedimiento de la verdad: comienza con un acontecimiento, el encuentro entre dos personas. Después debemos encontrar la forma y las consecuencias de este encuentro, debemos encontrar un nuevo lenguaje. ¿Por qué la verdad? Porque el amor es, en mi opinión, la invención de la verdad acerca de la diferencia. Naturalmente, es la diferencia entre dos individuos, la diferencia absoluta entre la posición masculina y la femenina. Como dijo una vez Lacan, la relación sexual no existe. Hay una ilusión en la pura libertad sexual: la ilusión de que allí podemos encontrar una experiencia de conexión con el otro. Entonces, se compromete con la repetición y no con la creación. ¿Qué es la verdad acerca de la diferencia? Es la experiencia de la diferencia mediante la construcción de un nuevo punto de vista sobre el mundo mismo. Es una nueva experiencia del mundo desde el punto de vista de los Dos. El amor no es una suerte de negociación entre dos individuos. Es la creación de un nuevo punto de vista sobre el mundo mismo: el punto de vista de los Dos. (La amistad también es la experiencia de los Dos pero es una experiencia mucho más débil que el amor. Por eso explicamos la amistad desde el punto de vista del amor y no a la inversa.) El amor es el ejercicio de la diferencia en relación con el desarrollo de la vida misma. Es, pues, la experiencia del mundo no desde el punto de vista del Uno –individual– sino desde el punto de vista de los Dos, no desde el ángulo de la identidad sino desde el ángulo de la diferencia. En este sentido, es el principio de una idea poderosa que puede devenir, finalmente, en una idea política. Que es posible construir una experiencia colectiva del mundo. Y el comienzo de esta experiencia colectiva es la experiencia de los Dos. El amor puede ser visto, en este sentido, como el principio de la política.

jueves, 17 de mayo de 2012

La Charlatanería de la Inteligencia Emocional. (Los nuevos sofistas)

Leí en una ocasión una entrevista de la escritora y filósofa Elsa Punset. Siento discrepar de la señora Punset que, junto con muchos otros, la casta de los políticos y psicopedagogos, que se autoproclaman los nuevos redentores a través de un saber científico que, ahora sí, al ser tal, garantiza el fin de los males de la educación, creen que han dado con la piedra angular de la educación. Nada más y nada menos que la inteligencia emocional. Creo que estos señores están muy equivocados. Primero creen descubrir el Mediterráneo, segundo confían en la ciencia como en una religión y, tercero, no plantean ninguna posibilidad de transformación y cambio social, sino que se pliegan a la adaptación; es decir, sumisión y obediencia al orden establecido. Analizo someramente estas tres cuestiones.

Digo que estos psicopedagogos creen descubrir nuevas cosas, cuando en realidad son conocidas desde los inicios de la ciencia y la filosofía, desde la Grecia clásica. Elsa Punset, que es filósofa, lo debería saber. En los sofistas, Sócrates y Platón está muy claro lo que ella dice. Y, si no, que recuerde, un poco, la teoría del aprender y del amor en Platón. Que relea, el Fedón, el Banquete y el Fedro. Me explico. Se ha puesto muy de moda, en concreto de la mano del divulgador científico Eduardo Punset, el asunto de la inteligencia emocional y la aplicación de la misma a la educación. Todo arranca de la obra, de hace unos doce o trece años, de Goleman, Inteligencia emocional. La tesis fundamental, que en gran parte comparto, es que la inteligencia en occidente ha sido identificada con la inteligencia lógico matemática. Siendo los modelos de genios el del científico. Pero, curiosamente, en muchos de los casos, estos eran unos inadaptados sociales; es decir, que habrían fracasado socialmente. Y esto sería así porque su inteligencia emocional, la base de las relaciones sociales, habría fracasado por diversos motivos. Lo que posteriormente intenta demostrar Goleman desde la neurofisiología y en parte lo consigue, y los estudios de entonces hacia acá lo siguen confirmando, es que nuestras facultades cognitivas superiores, las que tienen su sede en los lóbulos frontales, están relacionadas, a través de redes neuronales (para ello habría que introducir aquí el concepto de red neuronal y el de la teoría modular del cerebro) con el sistema límbico, que es el que regula nuestras emociones.

Efectivamente, todo esto es cierto. No hay razonamiento sin emoción. Nuestra vida es, fundamentalmente, emocional y pasional. Es un error que viene desde Aristóteles, como ya he dicho aquí -y en esto no siguió a su maestro Platón- considerar al hombre como un animal racional. Esta definición, unida al triunfo de las ciencias naturales basadas en el método hipotético deductivo y matemático dio lugar a una definición reduccionista de inteligencia y esta quedó relegada a la inteligencia lógico matemática. Pero esto ha sido un terrible error. La actividad científico técnica ha sido entendida desde la inteligencia, pero no así la actividad artística, la vida en grupo, la estabilidad emocional, la acción política, etc. Y, sobre todo, la acción ética. Por supuesto que la inteligencia es emocional y que emociones, sentimiento y razón son inseparables. Ya lo decía Platón cuando distinguía tres partes en el alma que son inseparables: dos emocionales -la irascible y la concupiscible- y una racional que dirige a las otras dos. Nuestra inteligencia es racional, pero es la razón la que dirige a las emociones. Por seguir el símil de Kant, estas, por sí mismas son ciegas, mientras que la razón sola está vacía. Pero la cosa queda bien clara en la teoría del amor de Platón y su definición de filosofía. El amor es la búsqueda, un impulso, un rapto, una emoción, de lo que no se tiene. Un deseo. Deseamos lo que no tenemos. El amor es búsqueda. Es algo dinámico que nos impulsa, una pasión. La filosofía es, en su etimología, el amor de la sabiduría, el amor de la verdad, del conocimiento, del bien y de la belleza. Es decir, el filósofo, todo hombre en algún momento, busca lo que no tiene. Y lo que no tiene es sabiduría. No sabe lo que es la verdad, ni el bien, ni la belleza, ni la justicia. No las posee, y como no las posee, pues las desea. La filosofía es dialéctica, como el amor. Va de lo concreto a lo universal. El amor quiere la belleza de un cuerpo bello. La búsqueda de la belleza (el saber de ella) le impulsa (deseo, amor, enamoramiento) a poseer el cuerpo que participa de la belleza. Pero este es el primer escalón del conocimiento de la belleza. El amor, al proceder dialécticamente, va de lo particular a lo universal. Es decir, de la contemplación de la belleza en un cuerpo bello a la contemplación de la belleza de las leyes de la ciencia y, por último, la justicia de la polis. Pero, claro, para proceder dialécticamente necesitamos de la guía de la facultad racional del alma, los lóbulos frontales. Existe un mecanismo de feed-back entre las emociones y la razón y este se expresa en las redes neuronales que van desde el sistema límbico a los lóbulos frontales del neocortes. Y la educación, la filosofía, la dialéctica, todo es lo mismo, consiste en que la razón sea capaz de domar a las emociones, no a su eliminación. Y esto es lo que Platón nos demuestra al unir su teoría del aprender con su teoría del amor y su teoría de la educación del ciudadano. Y todo esto, que olvidó la razón instrumental científica, lo sabían muy bien los clásicos, los sofistas, Sócrates y Platón.

Los sofistas enseñan por medio de la retórica, que es el arte del discurso que consiste en convencer de algo, independientemente de la verdad de ese algo. Los sofistas piensan que la verdad es relativa, por eso no intentan hablar a la razón, no creen en ella. Les pasa como a los políticos actuales y a los pseudocientíficos de la psicopedagogía, por eso dirigen su discurso a las pasiones. Lo que nos hace cambiar de opinión son nuestras emociones. Pero, claro, las emociones, las pasiones, son las que nos esclavizan, mientras que la razón domina (domestica) las pasiones, no elimina, digo, porque el dominio de la pasión es precisamente la virtud. Por eso la razón nos hace libres. Y por eso el conocimiento es un camino hacia la libertad, que va desde el individuo a la sociedad y de la sociedad al individuo. Los sofistas, al dirigir su discurso sólo a las pasiones, convierten la democracia en demagogia y a los ciudadanos en súbditos. Ese es el peligro que ven Sócrates y Platón. Por eso Sócrates se declara ignorante, sólo sé que no sé nada, y entonces (teoría del amor platónica) necesito de la verdad. La búsqueda de la verdad es mi pasión, dirá Sócrates, pero no me dejo convencer por el discurso retórico que habla a las emociones, sino que utilizo el diálogo, la razón. Analizo desde la razón lo que se me dice. Y así educo y domino mis pasiones. La educación es el dominio de las pasiones por medio del conocimiento y, por supuesto, de la educación de la voluntad.

Otra de las cosas importantes que han olvidado los psicopedagogos, algo que, como no es observable, se les ha traspapelado en su pseudosaber. La voluntad es el querer o no querer. No somos libres de esto, son las emociones con las que hemos nacido por dotación genética. Ahora bien, sí somos libres de hacer o no hacer lo que queremos o deseamos, y en esto consiste la educación de la voluntad. Las teorías de la psicopedagogía, basadas en el constructivismo, mera filosofía idealista, sin ninguna base en las neurociencias -por eso la psicopedagogía es un gazpacho de teorías inconexas y contradictorias- han olvidado el tema de la voluntad.

En consecuencia, nada nuevo bajo el sol. Solo retórica recubierta de mito científico. Y esta es la segunda cuestión a tratar. En las palabras de Punset se trasluce que hay una identificación entre ciencia y verdad. Pero, ¡por dios!, esto es un error elemental, que no les permitiría a mis alumnos de bachillerato. En esta identificación se basa el cientificismo, esto es, la conversión de la ciencia en religión e ideología. ¿Por qué será que los psicopedagogos suelen cometer este error?, ¿por qué siempre quieren sostener la verdad de su discurso en el supuesto hecho de que sus teorías son científicas?, ¿no indicará esto, precisamente, lo contrario? La psicopedagogía, en su pretensión de ser una ciencia, quiere seguir el modelo empirista, pero este es algo ya caduco. Además, mezclan teorías cognitivas, con conductitas, otras de la Gestalt, otras constructivistas y, luego, echan mano de la neurofisiología y el resto de las neurociencias. Pero todo para justificar una ideología. Y ahí es donde entramos en el tercer punto.

Estoy ya más que cansado de escuchar que el objetivo de la educación es la adaptación. ¡No señor! De ninguna de las maneras. Si todo proceso de educación hubiese sido mera adaptación a la sociedad cambiante, no hubiese habido ninguna transformación social. Si el objetivo de la educación es la adaptación a la sociedad cambiante -lo que hay que entender aquí es el mundo laboral dominado por el mercado- entonces apaga y vámonos. Se acabó la lucha por la justicia social. Todos obedientes y sumisos al dios mercado. De ninguna de las maneras, el objetivo de la educación es el conocimiento y la virtud pública. Por supuesto que el conocimiento implica una técnica, la posibilidad de realizar un trabajo para el que continuamente tendrás que seguir aprendiendo, pero esto no es un fin en sí mismo. El fin es alcanzar la libertad por el conocimiento y la virtud. Por otro lado, unión, donde las haya, entre la razón y las emociones. Es más, esto supera, incluso, la cansina inteligencia emocional. Aquí estamos hablando ahora de la mayor inteligencia humana, la inteligencia ética. La mayor construcción que el hombre haya hecho jamás. Y esa inteligencia ética tiene que ver con el gran proyecto ético de la humanidad que nace en Grecia y se impulsa con la Ilustración que es el de la búsqueda de la dignidad humana: libertad, igualdad y fraternidad. Esos son los objetivos de la educación, no la adaptabilidad al sistema como meras piezas de recambio.

Los psicopedagogos le están haciendo el juego al poder económico-político, en definitiva son los sofistas actuales. Educar para adaptar. El conocimiento como forma de aceptar la verdad establecida, el orden social vigente y el pensamiento único. En definitiva, educar para la sumisión. Lo siento, pero esta demagogia me resulta ya cansina. Es la antesala del fascismo en el que nos adentramos.


sábado, 7 de abril de 2012

Antes de Dormir.*



Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto , dueño de que poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su presencia nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones, sin que valga la reprobación de nuestro juicio, que declara su belleza -ligeramente horrenda- peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres.

Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callada, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo: Pero ahora, ¿me escuchas? ahora voy arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro. quédate quieta: quiero oír tu pulso vacío, contemplar tu rostro sin facciones.

¿Dónde estás? No te escondas. No tengas miedo. ¿Por qué te quedas callada? No, no te haré nada, era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter. Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la vida, siempre encerrada, oculta? Así es fácil ser sensato. Adentro nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonríen, te roban. Son insaciables.

Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado, deja que te haga una pregunta. estoy seguro que vas a contestarla clara y sencillamente , como se responde a un camarada después de una larga ausencia. Es cierto que la palabra ausencia no es la más apropiada, pero debo confesarte que tu intolerable presencia se parece a lo que llaman el "vacio de la ausencia". ¡El vacío de tu presencia, tu presencia vacía! Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas sin ruido?

Durante horas te quedas quieta, agazapada en no sé qué repliegue. No creo ser tan exigente. No te pido mucho: una seña, una pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo a quien las recibe. No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta donde puedo llegar.

Reconozco que eres la más fuerte y la más hábil: penetras por la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría , te sirves del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima. Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la muerte y que entonces tomarás poseción de mí. ¿Por qué esperar tanto? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos, tardías iluminaciones sin consecuencias.

¿Me oyes? No te veo. Escondes siempre la cara. te haré una confidencia - ya ves, no te guardo rencor y estoy seguro que un día vas a romper ese absurdo silencio - : al cabo de tantos años de vivir... aunque siento que no he vivido nunca, que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. ... ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir - espera, no seas impaciente, no quieras escapar: tendrás que oírme hasta el fín - , al cabo de tantos años, me he dicho: ¿ a quién, si no a ella, puedo contarle mis cosas? En efecto - no me avergüenza decirlo y tu no deberías enrojecer - sólo te tengo a tí. A ti. No creas que quiero provocar tu compasíón; acabo de emitir una verdad, corroboro un hecho y nada más.

Y tú, ¿a quien tienes? ¿Eres de alguien como yo soy de ti? O si lo prefieres, ¿tienes a alguien como yo te tengo a ti? Ah, palideces, te quedas callada. Comprendo tu estupor: a mí también me ha desvelado la posibilidad de que tú seas de otro, que a su vez sería de otra, hasta no acabar nunca. No te preocupes: yo no hablo sino contigo. A no ser que tú en este momento, digas lo mismo que te digo a un silencioso tercero, que a su vez...

No, si tú eres otra : ¿quién soy yo? Te repito, ¿tú, a quién tienes? A nadie, excepto a mí. Tú también estás sola, tú también tuviste una infancia solitaria y ardiente - todas las fuentes te hablan , todos los pájaros te obedecían -y ahora... No me interrumpas. Empezaré por el principio: cuando te conocí - sí, comprendo muy bien tu extrañeza y adivino lo que vas a decirme: en realidad no te conozco, nunca te he visto, no se quién eres. Es cierto.

En otros tiempos creía que eras esa ambición que nuestros padres y amigos nos destilan en el oído, con un nombre y una moral - nombre y moral que a fuerza de roces se hincha y crece, hasta que alguien viene con un menudo alfiler y revienta la pequeña bolsa de pus - ; más tarde pensé que eras ese pensamiento que salió un día de mi frente al asalto del mundo; luego te confundí con mi amor por ...; o con mi fe en ... Creí después que eras algo muy lejano y anterior a mí, acaso mi vida prenatal.

Eras la vida, simplemente. O, mejor, el hueco tibio que deja la vida cuando se retira. Eras el recuerdo de la vida. Esta idea me llevó a otra: mi madre no era matriz sino tumba y agonía los nueve meses de encierro. Logré desechar esos pensamientos.

Un poco de reflexión me ha hecho ver que no eres recuerdo, ni siquiera un olvido: no te siento como la que fui sino como la que voy a ser, como la que está siendo. Y cuando quiero apurarte te me escapas. Entonces te siento como ausencia. En fin, no te conozco, no te he visto nunca, pero jamás me he sentido solo, sin ti. Por eso debes aceptar aquella frase - ¿la recuerdas: "cuando te conocí"? - como una expresión figurada, como un recurso del lenguaje.

Lo cierto es que siempre me acompañas, siempre hay alguien conmigo. Y para decirlo todo de una sola vez: ¿quién eres? es inútil esconderse más tiempo. Ha durado ya bastante este juego. ¿No te das cuenta de que puedo morir ahora mismo? Si muero, tu vida dejará de tener sentido. Yo soy tu vida y el sentido de tu vida? O es a la inversa: ¿tú eres el sentido de mi vida?

Habla, di algo. ¿Aún me odias porque amenacé con arrojarte por la ventana? Lo hice para picarte la cresta. Y te quedaste callada. Eres una cobarde. ¿Recuerdas cuando te insulté? ¿Y cuando vomité sobre ti? ¿Y cuando tenía que ver con estos ojos que nunca se cierran cómo dormías con aquel viejo infame ... Da la cara. ¿Dónde estás? En el fondo, nada de esto me importa.

Estoy cansado, eso es todo. Tengo sueño. ¿no te fatigan estas interminables discusiones, como si fuésemos un matrimonio que a las cinco de la mañana, con los párpados hinchados, sobra la cama revuelta sigue dando vueltas a la querella empezada hace veinte años? Vamos a dormir. Dame las buenas noches , sé un poco cortés. Estás condenada a vivir conmigo y deberías esforzarte por hacer la vida más llevadera. No alces los hombros. Calla si quieres, pero no te alejes.

No quiero estar solo: desde que sufro menos soy más desdichado. Quizá la dicha es como la espuma de la dolorosa marea de la vida, que cubre con una plenitud roja nuestras almas. Ahora la marea se retira y nada queda de aquello que tanto nos hizo sufrir. Nada sino tú. Estamos solos, estás sola. No me mires: cierra los ojos, para que yo también pueda cerrarlos. Todavía no puedo acostumbrarme a tu mirada sin ojos. 

Octavio Paz.

domingo, 11 de marzo de 2012

La ciencia "basura"


La presencia de ciencia “basura” o “pseudociencia” presenta un problema mucho más serio para los científicos y los medios de comunicación, puesto que la ciencia “basura” tiene todos los elementos estéticos de la ciencia real; tiene estilo sin sustancia y retórica sin base científica. Entre los ejemplos de la ciencia “basura” se incluyen la astrología, la investigación sobre la fusión fría, la ufología, la psicomagia y una larga lista. Aunque la mayoría de la gente está de acuerdo en que se puede distinguir entre ciencia auténtica y ciencia “basura”, esta última no es fácil de definir y es poco probable que podamos desarrollar una serie de criterios incontrovertidos que nos permitan detectar la ciencia basura, puesto que muchas ciencias legítimas han empezado de forma no científica (Ziman, 1984). No obstante, los siguientes criterios pueden servir como base aproximada para distinguir entre la ciencia basura y la ciencia auténtica:
  1. La ciencia basura no avanza progresivamente (Thagard, 1978).
  2. Los científicos basura no realizan un esfuerzo sincero por tratar problemas y anomalías significativos (Thagard, 1978).
  3. La ciencia basura no es comprobable (Popper, 1963).
Aunque muchas ciencias legítimas pueden coincidir con alguno de estos criterios, las ciencias basura coincidirán en la mayoría.
Los científicos basura presentan un problema serio para la ciencia, los medios y la sociedad, porque sus alocuciones y escritos a veces encuentran quien los tome en serio. Como a menudo es difícil reconocer la ciencia basura (los científicos basura parecen científicos auténticos), ésta puede influir en las decisiones judiciales y los problemas legales, las políticas de gobierno y las elecciones de los consumidores. La ciencia basura puede tener impactos sociales muy adversos, como cuando se condena a alguien basándose en testimonios de “expertos” falaces, cuando alguien compra curas milagrosas, etc. En consecuencia, en beneficio del bien público los científicos y los periodistas deben desenmascarar, desacreditar y desautorizar los testimonios de ciencia basura siempre que se produzcan (Gardner, 1957). Para los científicos, esta responsabilidad implica una obligación de educar a la prensa y al público sobre las posturas a las que no se puede dar crédito y poner al descubierto a farsantes, charlatanes y sofistas.

A.S.