"La lenguaje no es creado por el individuo, sino el lenguaje es el que crea al individuo."

"Masas concurridas; la identidad ha muerto. Es vuestra vida, es vuestra deserción."

"Los necios e ignorantes no aspiran a adquirir conocimiento, pues el verdadero mal de la incultura está precisamente en que sin saber nada creen saber mucho"

martes, 17 de noviembre de 2015

Genealogía del Fanatismo.



     En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo, pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas. Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión, el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que pierda el hombre su facultad de indiferencia: se convierte en asesino virtual; que transforme su idea en dios: las consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la inquisición o la Reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias: Santa Teresa no podía por menos de ser contemporánea de los autos de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. En la crisis místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis... Patíbulos, calabozos y mazmorras no prosperan más que a la sombra de una fe, de esa necesidad de creer que ha infestado es espíritu para siempre. El diablo palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático. En cuanto rehusamos admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; los ojos llameantes presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado del hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza -vicios más nobles que todas las virtudes-, se ha internado en una vía de pernición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis... Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De ello resulta el fanatismo -tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror-, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque -verdaderos bienhechores de la humanidad- destruyen los prejuicios y analizan el delirio. Me siento más seguro junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría de humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa  disfrazada; no podríamos defendernos demasiado de las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz, sea el nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación vuelve la vida irrespirable. Mirad en torno a vosotros: Por todas partes larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su absoluto como los templos; la administración con sus reglamentos: metafísica para uso de monos... Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente... Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, porvenir, escucharle decir «nosotros» con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de los bribones, de los tramposos; sin embargo, no sabríamos imputarles ninguna de las grandes convulsiones de la historia; no creyendo en nada, no hurgan vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más íntimos; os abandonan a vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido; son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan. Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios acomodaticios, mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque todos los males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; y de corrupción... El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera: por eso el espíritu se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad...

E. M. Cioran.

—Extraído de Breviario de pobredumbre. (Précis de décomposition, Editions Gallimard, París, 1949.)
Pueden encontrarlo en: Adiós a la filosofía y otros textos, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pp. 13-17. Prólogo, selección y traducción de Fernado Savater.

martes, 14 de julio de 2015

La Omnipotencia del Discurso.



Todos hemos experimentado la molestia que provoca aquel que defiende una postura evidentemente falsa auxiliándose de una mezcla de argumentos tramposos y palabras elocuentes. Debió haber sido la misma molestia que Platón y Aristóteles experimentaban frente a los sofistas, esos hábiles maestros de la palabra que con su solo discurso podían hacer parecer verdadero lo que era falso, y falso lo que era verdadero. Las críticas contra los sofistas de parte de estos dos filósofos griegos están ampliamente documentadas, críticas que no sólo contaban con excelentes argumentos para rebatirlos sino que tampoco escatimaban en burlas y sarcasmos bastante mordientes. Y es que los sofistas creían poder hablar de todo con autoridad. Presumían poseer una «polimatía» (“polímata”, en griego πολυμαθής, quiere decir «que conoce, comprende o sabe de muchos campos»), una especie de cultura general que fue preconizada por sofistas como Gorgias o Isócrates y que para Sócrates -según nos cuenta Platón- ocultaba en realidad una enorme ignorancia. Pero los sofistas hacían poco caso de las críticas pues creían firmemente en la omnipotencia del discurso, considerándolo «un poderoso señor que, bajo las apariencias más tenues e invisibles, produce las obras más divinas». Así lo dice el sofista Gorgias en su Elogio de Elena, título por demás elocuente y paradójico por cuanto que, siendo Elena la principal causante de la cruenta y prolongada Guerra de Troya, pocas razones había para elogiarla. Ante la omnipotencia del discurso sostenida por retóricos y sofistas reaccionan Platón y Aristóteles, pero sobre todo este último, pues es el Estagirita quien se toma más en serio las tesis de sus enemigos. Esta reacción vendrá marcada por una fundamental «desconfianza hacia el lenguaje», lo cual es perfectamente comprensible dada la excesiva confianza en él por parte de los sofistas. Así, Platón y Aristóteles enfatizarán la importancia de ocuparse de la «ciencia de la cosa» y no meramente de la de las palabras, crítica muy parecida, por cierto, a la que adoptó en nuestros días el filósofo francés Alain Badiou para tomar posición en contra de algunos de sus compatriotas (Derrida, Foucault y Deleuze por ejemplo) a quienes acusa de desatender a la cosa por mirar únicamente en dirección al lenguaje. Badiou de hecho cita y adopta como slogan un pequeño fragmento del Cratilo de Platón en dónde Sócrates afirma, más o menos con estas palabras: «Nosotros los filósofos no debemos atender únicamente a las palabras, sino sobre todo a las cosas mismas». Pero ya llegaremos a esto, el asunto aquí es ver cómo Aristóteles es el primero en elaborar una teoría de la significación que nace de su esfuerzo por rebatir de una vez y para siempre las teorías sofísticas del lenguaje. ¿Qué podemos entender por “significación”? Bueno, principalmente la separación entre el lenguaje en tanto que signo y el ser en tanto que significado, separación que al mismo tiempo es una puesta en relación entre los dos. La distinción y relación entre el signo y el significado habría sido para Aristóteles la respuesta a los sofistas, quienes no concebían al lenguaje como remitiendo a una realidad distinta de sí misma. Es en este sentido que podemos decir que sus teorías son teorías inmanentistas del lenguaje, y hay que prestar mucha atención aquí porque esto ya suena efectivamente a neoestructuralismo francés.

Para los sofistas el lenguaje constituye una realidad en sí, una realidad que es una misma cosa con lo que expresa, y no un signo que hubiera que rebasar en dirección a un significado que en principio es absolutamente distinto que el signo. Para nosotros la teoría de la significación es bastante fácil de comprender y algo también muy obvio. Cuando alguien dice “carro” no hay ningún carro pasando por la boca del hablante sino que la palabra (o signo o significante) “carro” refiere a algo que está más allá del lenguaje que este hablante usa. Este “algo-más-allá-del-lenguaje” es precisamente el significado, en este caso el carro real del que se habla y que por ende poca cosa tiene que ver con el lenguaje (hacemos aquí caso omiso de aquellas teorías de la significación distintas o más complejas que se han elaborado en tiempos más recientes). Los sofistas no conocen nada de eso; para ellos no hay una distancia entre la palabra y el ser y esto los llevaba a defender consecuencias extremas como la que afirmaba que «No es posible contradecir», pues si dos interlocutores dicen cosas diferentes, estarían hablando también de cosas diferentes, y si hablan de la misma cosa, no podrían sinodecir la misma cosa. O aquella otra que sostenía que «No es posible mentir o equivocarse». En efecto, si la palabra es una misma cosa con lo que expresa, hablar significa siempre decir algo, es decir, algo que es, y lo que no es, nadie puede decirlo. No habría, entonces, diferencia entre «decir algo» y «decir verdad». O se dice algo, o no se dice nada: en ninguno de los casos se podría decir algo falso. Esto implicaría que «todo discurso está en lo cierto», como decía Antístenes. Por otra parte, pero quizá no muy alejadas razones, Deleuze dirá dos siglos y medio después que la filosofía crea conceptos incuestionables y que las discusiones le repugnan porque en ellas nunca se habla de la misma cosa. Como se ve, tenemos aquí ya mucha madeja de donde tomar para nuestras reflexiones en lo que toca a nuestro tema principal. Y si aún no he mencionado nuestro tema principal, perdóneseme el descuido: me tomará una serie de entradas investigar la relación que hay entre la sofística griega y el neoestructuralismo francés. En la literatura ya se ha introducido de manera harto escueta las semejanzas que las teorías sofísticas del lenguaje tienen con las tesis de estos extraños pensadores franceses. En la siguiente entrada nos centraremos en Deleuze y su fuerte oposición al régimen de la significación inaugurado por Aristóteles, asunto que nos llevará a otros problemas igualmente relacionados con la sofística.

C.T.

martes, 16 de junio de 2015

Relaciones de Poder. 2da Parte.


Así pues, el poder no sería una propiedad sino un ejercicio. En este sentido el poder se ejerce, no se posee. Por otro lado, el poder es una relación de fuerzas o, más bien, toda relación de fuerzas es una «relación de poder». (Seguimos aquí el muy acertado análisis que le dedica Deleuze a Foucault en ese pequeño libro que titula precisamente Foucault y cuya edición traducida al castellano la podemos encontrar en Editorial Paidós). Que las relaciones de poder sean esencialmente relaciones entre fuerzas quiere decir por ende que la fuerza nunca está en singular, que la característica fundamental de la fuerza es estar en relación con otras fuerzas. Así, el ser de la fuerza es siempre plural. Ahora bien, no sólo se suele concebir al poder como un tipo de propiedad, sino que se lo piensa además en estrecha relación con la violencia. Quien posee poder legítimo –se suele decir- posee también el derecho a ejercer legítimamente la violencia, al punto que se equipara el poder con la posesión de artefactos o grupos humanos capaces de infligir violencia para reprimir conductas indeseadas. Ante esto Foucault insiste en que el poder no necesariamente tiene algo que ver con la capacidad de producir violencia. El poder, dicho en otras palabras, no es esencialmente represivo, y si produce sometimiento,

este sometimiento no se obtiene sólo mediante instrumentos ya sean de violencia, ya de ideología; puede muy bien ser directo, físico, emplear la fuerza contra la fuerza, obrar sobre elementos materiales y, a pesar de todo esto, no ser violento; puede ser calculado, organizado, técnicamente reflexivo, puede ser sutil, sin hacer uso ni de las armas ni del terror y, sin embargo, permanecer dentro del orden físico. (Michel Foucault, Vigilar y castigar, pág. 35)


Así, “la violencia –comenta Deleuze- es algo concomitante o consecuente a la fuerza, no algo constituyente”. Lo que quiere decir que la fuerza no es originariamente violenta, sino sólo que puede llegar a producirla en determinados casos. ¿Qué es, pues, la fuerza? ¿Cuál es su objeto? Ya lo decíamos: el objeto de la fuerza son otras fuerzas y su único ser es la relación: «una acción sobre la acción», dice Foucault, «un conjunto de acciones sobre acciones posibles». Recordemos cuáles son algunas de las variables que expresan una relación de fuerzas o de poder (lo veíamos en la Parte I): incitar, inducir, desviar, facilitar o dificultar, ampliar o limitar, hacer más o menos probable, etc. Todos estos verbos en infinitivo expresan formas en las que se puede ejercer poder y, obsérvese bien, implican «acciones sobre acciones». Incito a los demás a manifestarse, mientras otro dificulta el efecto que provoca en los otros mi incitación. Vuelvo menos probable que… el otro lo facilita. Amplio mi mensaje a… el otro lo limita. Acciones sobre acciones o, en una palabra, relaciones de fuerzas. Podríamos traer aquí cien ejemplos provenientes del ámbito político; recuérdese sin embargo que las relaciones de poder no son exclusivas de este terreno: existen en la escuela, en las relaciones de pareja, entre padres e hijos, entre patrones y empleados, entre amigos. Las relaciones de poder están en todas partes y todos nosotros nos vemos involucrados en multitud de ellas todos los días. Lo cual quiere decir –sostiene Foucault- que estas relaciones de poder no se localizan únicamente en las relaciones del Estado con los ciudadanos o en la frontera de las clases, sino que “descienden hondamente en el espesor de la sociedad” (ibid., pág. 36). Esto se debe principalmente a que cualquier ejercicio de poder aparece como un afecto y a los afectos estamos sujetos todos, todo el tiempo. Escuchemos a Deleuze:

Uno no se pregunta, «¿qué es el poder, de dónde viene?». Uno pregunta, ¿cómo se ejerce? Un ejercicio de poder aparece como un afecto, puesto que la propia fuerza se define por su poder de afectar a otras. Incitar, suscitar, producir (o bien todos los términos de listas análogas) constituyen afectos activos, y ser incitado, ser suscitado, ser obligado a producir, tener un efecto «útil», constituyen afectos reactivos. (Deleuze, Foucault, pág. 100)


Cada fuerza tiene pues el poder de afectar a otras fuerzas y de ser afectada por otras fuerzas. En eso consiste la relación de poder: afectar / ser afectado. Es por esta razón que si el primer postulado que critica Foucault es el de la propiedad, el segundo es el postulado de la localización. Según éste, “el poder sería poder de Estado, estaría localizado en el aparato de Estado” (Ibid., pág. 51). Pero debe ser ya evidente para nosotros que si la relación de poder se define como relación entre fuerzas o como poder de afectar / ser afectado, entonces el poder no puede estar localizado en ninguna instancia que supuestamente posea el poder. Y no es que, dado que el poder debe ser concebido como relaciones de fuerzas, debamos entonces decir que el poder se localiza en esa relación de fuerzas. No, el poder, hablando con propiedad, no es algo que pueda ser localizado. No es una sustancia. Aparece simplemente como el efecto de conjunto o como una resultante de una multiplicidad de estrategias. Ya puede uno adivinar hacia dónde nos dirigimos con todo esto: si «el poder se ejerce más que se posee», si «no es el privilegio adquirido o conservado de la clase dominante, sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas», tendríamos que empezar a imaginar maneras de ejercer el poder en tanto que ciudadanía, de lograr con nuestras propias posiciones estratégicas un efecto de conjunto, de ser capaces de afectos activos (producir, suscitar, inducir) en lugar de sólo dejarnos afectar reactivamente (siendo inducidos, obligados a producir, a ser útiles, etc.). En una palabra, tendríamos que empezar a resistir.

C.T.



viernes, 12 de junio de 2015

Relaciones de Poder.




La democracia en México no tiene ni quince años de vida. Es una democracia joven, muy joven, una democracia -se suele decir a menudo- en pañales. Si nos pusiéramos a enumerar los rasgos de nuestro “infantilismo” democrático, tendríamos que mencionar tal vez en primer lugar los preocupantes niveles de corrupción que existen en las altas esferas del poder, la connivencia de éstas con el crimen organizado, la funesta impunidad de los delitos que se cometen o la evidente falta de capacidad para gobernar. En una palabra, el abuso del poder. Pero también tendríamos que mencionar la falta lamentable de ciudadanía, es decir, la escasa participación y contribución y el casi nulo interés de la mayor parte de los ciudadanos por cuestiones o problemas que les incumben de manera directa; problema aparte pero directamente relacionado con los primeros puesto que es en buena medida lo que propicia que nuestros gobernantes sean corruptos, ineptos o de plano criminales. Yo querría hablar un poco de ciudadanía y un poco sobre el tema del poder. Querría hablar del poder que la ciudadanía puede ejercer en una sociedad nacientemente democrática como la nuestra. Y querría hacerlo partiendo de un filósofo, pensando con él: se trata de Michel Foucault. Un filósofo que si bien es europeo (Enrique Dussel estaría aquí muy atento a aplicar su “sospechómetro”), es decir, si bien la situación o el contexto desde donde pensó este filósofo francés puede ser muy distinto al de nuestra realidad mexicana, Foucault ha analizado los fenómenos del poder de una manera no sólo original, sino, creo yo, fructífera y provechosa sobre todo para países (como México) en los que la dominación abusiva por parte de los poderes establecidos se ha vuelto ya intolerable. Así pues, hoy querría hablar con conceptos y temas foucaultianos, pero teniendo siempre en mente a México, al México que hoy vivimos todos.

Primera cuestión: el cuerpo. Para Foucault el cuerpo dista mucho de ser únicamente el asiento de necesidades y apetitos, el lugar de ciertos procesos fisiológicos y metabólicos o el blanco de ataques microbianos y virales. El cuerpo del que nos habla el filósofo francés es principalmente un cuerpo inmerso en un campo político, un cuerpo atravesado de cabo a rabo por relaciones de poder que afirma - “lo convierten en una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a trabajos, lo obligan a ceremonias, exigen de él signos”. No se debe pensar que Foucault habla aquí solamente del cuerpo del preso o del condenado (pues el subtítulo del libro que citamos ahora, Vigilar y castigar, reza “nacimiento de la prisión” y el texto pone ciertamente un énfasis muy marcado en los mecanismos de control y vigilancia penitenciarios), el cuerpo aquí es también el de nosotros, seres humanos normales, honrados, trabajadores. Subrayo “normales” precisamente porque el cuerpo, más adelante lo veremos, es de cierta forma normado o normalizado por las relaciones de poder que lo atraviesan y que exigen de él su utilización económica. Pues este cuerpo nuestro, cuerpo finalmente enérgico, musculoso y nervudo, es en sí mismo el asiento o la fuente de múltiples y variadas formas de fuerza y de destreza. Pero el cuerpo sólo se convierte en fuerza útil –afirma Foucault- cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido. Y sin embargo, cuando uno pudiera pensar que el sometimiento sólo podría concebirse en términos de dominación violenta o de constreñimiento agresivo (como efectivamente sería el caso en las prisiones, pero también el de ciertas ideologías), Foucault no se cansa de insistir en que el sometimiento puede muy bien ser inmediato y físico y sin embargo no ser violento: “puede ser calculado, organizado, técnicamente reflexivo, puede ser sutil, sin hacer uso de las armas ni del terror y, sin embargo, permanecer dentro del orden físico”. Y por el hecho de ser precisamente calculado, organizado y técnicamente reflexivo, este sometimiento del cuerpo supone un saber del cuerpo que no parece en nada a la ciencia de su funcionamiento (medicina, anatomía, fisiología, etc.) y un dominio de sus fuerzas que nada tiene que ver con la capacidad para anularlas. Este saber y este dominio constituyen lo que Foucault llama «tecnología política del cuerpo» y que englobará en una sola noción: la disciplina. En la disciplina se trata de tecnologías multiformes y difusas, raramente formulada en discursos, y en la que se trata de cierta «microfísica del poder».

Antes de abordar con más detenimiento el concepto de “disciplina” en Foucault atendamos primero a las tesis fundamentales de las que parte con respecto al tema del poder. Hablar del poder, sin embargo, suele llevar a equívocos pues no se debe hacer del poder un sustantivo y mucho menos en singular. El primero de los postulados sobre el poder que Foucault ataca es el postulado de la propiedad. El estudio de lo que Foucault llama “disciplinas”, de la microfísica del poder que ellas suponen, exige:


Que el poder que en ella se ejerce no se conciba como una propiedad, sino como una estrategia, que sus efectos de dominación no sean atribuidos a una “apropiación”, sino a disposiciones, a maniobras, a tácticas, a técnicas, a funcionamientos; que se descifre en él una red de relaciones siempre tensas, siempre en actividad, más que un privilegio que se podría detentar; que se le dé como modelo la batalla perpetua más que el contrato que opera un traspaso o la conquista que se apodera de un territorio. Hay que admitir, en suma, que este poder se ejerce más que se posee, que no es el “privilegio” adquirido o conservado de la clase dominante sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas, efecto que manifiesta, y a veces acompaña, la posición de aquellos que son dominados.

Esta larga cita vale oro y mantengo que los mexicanos deberían grabársela con fuego en lo más hondo de su ser. Analicémosla. Para empezar Foucault nos pide que el poder no sea concebido como una propiedad, sino como una estrategia. ¿Qué significa esto? Que ordinariamente se piensa al poder como algo que los poderosos poseen, ya sea porque tienen un cargo público que les otorga poder, ya sea porque poseen ciertos bienes (como el dinero) o relaciones influyentes que les permite tener acceso a ciertos cotos de poder. En este sentido el poder sería semejante a una propiedad que se adquiere o se consigue de algún modo que puede ser legítimo o ilegítimo pero que una vez que se posee puede ser aumentado o disminuido, transferido, donado, dilapidado, perdido, etc. El poder así concebido se comporta pues como una propiedad. Sin embargo Foucault nos dice que el poder no funciona así, que el poder no debe ser pensado como algo casi físico que podría poseerse o no, sino que lo auténticamente real son las relaciones de poder, mismas que ponen en juego algo muy distinto a una posesión: sus efectos de dominación -afirma- son consecuencia de disposiciones, maniobras, tácticas, técnicas y funcionamientos que están trabadas en “relaciones siempre tensas, siempre en actividad”. Esta es una simple pero poderosa idea, y lo que quiero sostener en esta modesta entrada es que las consecuencias para una sociedad de sustituir la concepción del poder como propiedad por esta otra que lo concibe como relaciones entre estrategias, maniobras, etc., podrían ser enormes. ¿Por qué? Porque cuando el poder se concibe como una propiedad, parece indudable que quienes se han apropiado de una desmesurada cantidad de él son nuestros políticos y gobernantes (y tal vez algunos empresarios). Si fuera el caso que éstos son corruptos, ineficientes o criminales, la sociedad, carente de poder, tendría muy poco que hacer frente a los “abusos del poder”, pues evidentemente quien posee el poder lo puede utilizar en todo momento para perpetuarse en el poder, para mantener su dominio, para otorgar poder a los suyos, para reprimir a sus críticos y opositores y para quitarles el poco poder que pudieran éstos poseer. Si el poder es cosa de posesión, el poder sería, como el oro, el agua o la tierra, un bien escaso que tendría que ser repartido. Mal repartido, quienes posean la mayor cantidad de poder tienen una ventaja insuperable frente aquellos que carecen del mismo. Ello crea la sensación de que no hay mucho que hacer, de que los poderosos sólo podrían ser despojados de su poder ya sea mediante las armas, ya sea mediante la elección de otro “poseedor del poder” que eventualmente llegará a ser también alguien que abuse del poder que confiadamente se le otorgó. Todo esto cambia cuando se concibe el poder no en términos de apropiación sino como estrategia, como táctica, como algo -nos dice Foucault- que se ejerce más que se posee. En este caso no sólo los políticos y gobernantes son los únicos capaces de establecer estrategias y tácticas de poder: ¡cualquiera puede hacerlo! Del encontronazo de las estrategias de ambos lados surgen relaciones de poder que son relaciones de fuerza siempre tensas, siempre en actividad y que están sujetas a invertirse en cualquier momento. Tiene pues -sostiene Foucault- como modelo la batalla, no un contrato que opera un traspaso (de poder) o la conquista que se apodera de un territorio. Al respecto comenta Deleuze, atento lector de Foucault: “Se puede concebir una lista, necesariamente abierta, de variables que expresan una relación de fuerzas o de poder y que constituyen acciones sobre acciones: incitar, inducir, facilitar o dificultar, ampliar o limitar, hacer más o menos probable… Esas son las categorías de poder”. Categorías, añadimos nosotros, que son susceptibles de ser ejercidas por cualquier persona, tenga o no un cargo público, tenga o no dinero. El poder no es entonces “el «privilegio» adquirido o conservado de la clase dominante, sino -atiéndase bien- el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas”. Foucault nos quiere decir con esto que si los dominantes parecen tener un poder efectivo y visible, tal visibilidad no sería el efecto del hecho de que poseen poder, sino sólo el efecto de conjunto de numerosas y variadas estrategias que ejercen de manera sistemática y organizada de cara a la sociedad. Y si tales estrategias no parecen tener un contrapeso en la ciudadanía, es porque (lo dice al final de la cita) su efecto manifiesta y a veces acompaña la posición de aquellos que son dominados. En una palabra: los dominados le damos toda la aquiescencia a las estrategias de poder de quienes nos dominan. ¿Por qué? ¿No será precisamente porque seguimos creyendo que son ellos los únicos que poseen poder?

C.T.