"La lenguaje no es creado por el individuo, sino el lenguaje es el que crea al individuo."

"Masas concurridas; la identidad ha muerto. Es vuestra vida, es vuestra deserción."

"Los necios e ignorantes no aspiran a adquirir conocimiento, pues el verdadero mal de la incultura está precisamente en que sin saber nada creen saber mucho"

lunes, 25 de julio de 2011

Responsabilidad y voluntad de poder.


Es propio de estos días el que los intelectuales hayan perdido vigencia. El neopopulismo para el cual el abandono de la idea de “cultura culta” es un avance inequívoco, y la desfundamentación que lleva a no requerir justificaciones sistemáticas, han ido quitando peso a los “letrados” dentro de la constitución social de sentido. No es que en otras épocas las grandes masas sociales atendieran a los intelectuales directamente; en general, los reverenciaban en tanto no los conocían. Pero ellos operaban por vía indirecta: la convicción de que era necesario fundamentar la ética, la política, etc., llevaba a que sus juicios fueran aquellos que servían de justificación a los discursos en muy diversos terrenos de la actividad social.
También la actual baja de la cultura de la letra frente a la de la imagen contribuye en el mismo sentido. Este fenómeno es bien conocido, y se ha comentado largamente: en los hechos, ello ha llevado a un peso sin precedentes de los periodistas en la construcción de la opinión pública, con un predominio creciente de la inmediatez y de lo efímero por sobre los temas clásicamente llamados “de fondo”. La superficialidad, y la falta de memoria y continuidad se imponen por sobre consideraciones conceptuales, cualesquiera que fueran.
No son tiempos de hegemonía filosófica. Incluso, la filosofía, si la pensamos como el momento de lo general, representa un tipo de pensamiento que entra en colisión con el situacionalismo generalizado, con la idea de que toda referencia a lo global es ya imposible, y que ningún discurso va más allá de las específicas condiciones que lo engendraron.
En esta situación, no es fácil encontrar una función y un destino para un intento filosófico como el de Hans Jonas. Más, cuando se trata de una filosofía que pretende ser formadora de conciencia y orientadora de la acción de los sujetos.
Afortunadamente sabemos bien que jamás la ética real se configuró a través de los textos o en los cursos escolarizados de Ética. Sin duda que las predisposiciones a la acción se estructuran en los espacios sociales que son más inmediatos para el sujeto.
Y sin embargo, en pocos momentos se ha apelado tanto a la ética como últimamente. La referencia a la ética está de moda. No es difícil advertir por qué. Las ideologías ya están poco definidas y se ha producido déficit de orientación. Hay que intentar cubrirlo por alguna parte. Podríamos pensar que la apelación a la ética opera en el campo del síntoma. Es decir, muestra que hay problemas con la ética, que en general los comportamientos no remiten a ética alguna, y que se intenta restituir lo ético por remisión a algunos principios que se pudiera establecer desde el discurso de los medios, las empresas o la cátedra y la literatura.
En el caso de Jonas y su principio de Responsabilidad, el camino elegido hacia una ética que modere la conducta humana, pasa por lo que él llama “heurística del temor”, y alude al previsible entendimiento, por parte de los hombres, de la real posibilidad de aniquilación de la especie humana, o de las características humanas, en un futuro cercano, en dependencia del mal o desmesurado uso de los avances científico-técnicos disponibles.
La humanidad estaría en condiciones, por primera vez en su historia, de arrasar el medio ambiente en forma planetaria, de modificar la naturaleza de los seres y de sí mismo a través de la genética, y de convertirse en creador de vida clonada. El ser humano estaría ad portas de su perdición, ya sea por una hecatombe nuclear, ya sea por la devastación de las demás especies y la naturaleza, ya sea por su propia transmutación.
La verdad es que los peligros que nos plantea Jonas, son aterradores. Lo peor de todo es que estas cosas ya están sucediendo, y de ahí el urgente llamado de este “viejo sabio”, como lo llama Sánchez Pascual, a la mesura y la prudencia.
Quisiera, sin embargo, y ese es el objetivo de este trabajo, plantear una pregunta, que puede parecer, por lo pronto, demasiado inquisidora y producto de una excesiva y algo entusiasta lectura de Nietzsche, pero que también recoge una visión de la realidad del poder político actual y las dinámicas de dominación institucional y social que funcionan a través de nuevas ideologías o de la falta de ellas.
Siguiendo a Nietzsche, preguntaré por el tipo de voluntad de poder que mueve el proyecto ético de Jonas. Aludiendo a si esta voluntad es débil, y responde a una mecánica de resentimiento que violenta la realidad a través de la teología, la metafísica, el racionalismo, y busca fundamentos ontológicos y criterios objetivos, o si es fuerte, y acepta la vida y su devenir en ruina, sin intentar sistematizar o totalizar la realidad y sus posibilidades.
Lo cierto es que en Nietzsche, hay un sin número de nociones y pistas que hacen muy clara su posición frente a una ética de la responsabilidad como la de Jonas, y frente a un diagnóstico del futuro tan desolador como el que éste filósofo nos plantea, y la posibilidad de revertirlo.
Ya en un texto de 1873, Nietzsche, expone el destino catastrófico del hombre en el cosmos, y la arrogancia de éste por la invención del conocimiento . Conocimiento que al fin y al cabo sólo servirá para que tenga conciencia de su destrucción, al apagarse el sol que le da vida.
La vida del ser humano es trágica, pues carece de sentido y se dirige hacia la muerte. Somos seres para la muerte, como diría Heidegger. A esta tragedia de una muerte segura, hay que agregar el develamiento nietzscheano de que no existen valores sino valoraciones, y de que el sujeto es más una ficción lógica y regulativa, que algo con realidad propia.
Podemos decir que bajo estas premisas, la existencia se vuelve abismal, o por lo menos, temible. Ante esta constatación destinal irrevocable, las buenas intenciones de Jonas pecan de inocencia intelectual.
Pero no me detendré en la tentación de Jonas de formular una ética social y política bajo fundamentos metafísicos específicos que escucharán sólo aquellos que compartan su creencia. Las buenas intenciones nunca están de más.
La verdad es que no es fundamental que haya hombres sobre la tierra. Ya nos lo dijo Nietzsche, y la astrofísica moderna: Ya hay una fecha para el enfriamiento del sol y el olvido del ser humano. Aunque siempre puede ser antes. Y si esto no sucediera así, bueno, habremos sobrevivido demasiado.
Podemos recordar también el carácter interpretativo de todo acontecer. Para Nietzsche, no existe el acontecimiento en sí. Por lo tanto no existe la devastación planetaria del medio ambiente como acontecimiento unificado y dirigido. Lo que sucede es un grupo de fenómenos seleccionados y resumidos por un ser que interpreta. No digo que la interpretación de Jonas sea errada. Existen muchos indicios científicos que apuntan hacia ella. Sin embargo, me parece que el fin de nuestro planeta será inesperado y desprovisto de todo anuncio mediático, visto el riesgo de caos y la cancelación masiva de suscripciones y seguros que ello acarrearía.
Creo que existen suficientes datos para afirmar que El principio de Responsabilidad de Jonas y su pesimista concepción del hombre y su futuro se encuentra en total oposición frente al pensamiento vitalista y trágico de Nietzsche.
Podríamos incluso arriesgarnos de ante mano, y concluir de inmediato que la filosofía de Jonas es movida por una voluntad del resentimiento y que la debilidad es lo que mueve su voluntad de poder, pero mejor veamos primero en qué consiste y cuál es la dinámica y adónde nos ha llevado la voluntad débil y su contraparte, no sea que caigamos presa de algún prejuicio.

Al parecer no existe un estado natural y constante en los entes. Hoy la física ha mostrado que el movimiento es lo único constante, desde los kuarks al universo en expansión. El tiempo y el espacio serían dos dimensiones de lo mismo, como lo son entre sí la masa y la energía. Y el universo parecería infinito siendo que es finito. Si sacamos consecuencias de estos descubrimientos de la ciencia, nos quedaría claro que no hay ninguna situación inicial de inercia a la cual remitirse, un punto arquimédico de quietud en el cual establecerse. El movimiento, el desequilibrio, la fluctuación, serían, sin duda, los mecanismos básicos de comportamiento de lo material, y no podemos suponerlos como deformaciones de alguna sustancia previa que hubiera estado en el autosustento de la pasividad.
De tal modo la paz y la prudencia no serían una especie de condición natural a la que tendemos, y de la cual nos hubiéramos apartado. Más bien, se trata de una permanente construcción sin garantías, de una tarea que se nos da en relación con el mito de Sísifo: subir permanentemente la montaña, y cuando se ha llegado a la cima tener que bajar para subir de nuevo, una y otra vez, y siempre haciéndolo y arriesgándose en cada ocasión a una nueva apuesta. Se impone una ética de la carencia: contra las idealizaciones que llevarían a imaginar un perfecto campo social sin conflictos, entender que los sujetos lo son de deseo, y por ello que el mundo es el enfrentamiento de deseos mutuamente no conciliados. Es decir, la vida humana es lucha por el reconocimiento, que Hegel entendía que era lucha a muerte. Tomemos la expresión hegeliana en un sentido no literal: se trata de lucha con todos los recursos a que se pueda tener acceso, y que se entiende servirán a los propios fines, siempre que esos recursos sean entendidos como legítimos por el que apela a ellos.
Fue Freud quien señaló con claridad que la configuración de la subjetividad no es proclive a la armonía interpersonal. Las tendencias agresivas, el odio narcisista a quien realiza el deseo cuya plasmación quisiera para mí, los impulsos libidinales, todo ello debe ser reprimido para poder vivir en sociedad. La función de la cultura es ofrecer seguridad a cambio de pérdida de placer.
Si se abandonara a los hombres a sus tendencias impulsivas, tendríamos la horda inicial, la lucha de todos contra todos, la imposición de la violencia para gozar del otro sexualmente, o eliminarlo si es un competidor. No hemos partido, entonces, de tendencias pacíficas que hubieran sido deformadas, sino por el contrario, la cultura ha ido progresivamente imponiéndose para construir trabajosamente el campo de las prohibiciones y las normas compartidas, a partir de las cuales ofrecer bases de seguridad para la vida en común.
Dado que la cultura se cobra precios tan fuertes por mantener la posibilidad de la convivencia social, el resultado será una alta carga de energía síquica ligada al resentimiento y el endurecimiento de la autoexigencia y la exigencia a los otros. Esta es la conciencia culpable de la cual habla Nietzsche , y que se experimenta cuando el hombre, acostumbrado al pillaje, a la guerra, al vagabundeo y a la violencia de los instintos se ve de pronto sometido a las condiciones de la civilización y la paz. Cuanto menos realización del deseo, dice Freud, más sentimiento de culpa. Y más culpabilización hacia los demás.
Según Nietzsche, este hombre primitivo, medio-animal, no habituado a la ley estatal de una raza conquistadora y su yugo, sino más bien a la hostilidad, la crueldad, a la alegría de perseguir, de destruir y matar, desarrolla la conciencia culpable. El instinto de libertad retrotraído a un estado de latencia, reprimido y encarcelado por una “raza de señores” (entiéndase “clase detentadora del poder”), se ve obligado a descargarse sobre sí mismo.
Nos dice Nietzsche, que esa crueldad reprimida e internalizada del animal-hombre, aprisionada y domada, hizo surgir la conciencia de culpa para herirse a sí misma cuando vió bloqueada la descarga natural de este deseo de herir. Por otra parte, este hombre de la conciencia culpable se aferró a la religión para llevar su autotortura al máximo: la culpa ente dios.
Se podría matizar esta afirmación, pero difícilmente rechazarla; debemos sostener, por tanto, que la irreductibilidad del conflicto entre impulsos y cultura, conlleva una noción nada roussoniana de lo que es la subjetividad, de cómo se da la cultura, y de cuáles posibilidades hay de sostener a ésta en un campo planamente conciliado.
En el caso contrario, los nobles, o los detentadores del poder, no conocen el sentimiento de culpa, ni la conmiseración. Para ellos, el ejercicio del poder responde a la constitución interna de su clase y de su fuerza, y no busca ni esta emparentado con ideologías ni conceptos externos. Su voluntad de poder es la fuerte, y es aquella que descarta la posibilidad de imponerse a la realidad a través de sistemas y totalizaciones. Generalmente están alejados de toda fundamentación teórica, pues no la necesitan, y siguen viviendo del pillaje hoy, tanto como ayer.
La revolución de los esclavos en moral no tuvo algún éxito efectivo. La verdad es que el poder siguió estando en manos de los “nobles”. Es más, la preferencia por la racionalidad y la veracidad desarrollada de los nuevos “hombres de poder”, les dio nuevas herramientas de dominio, que desarrollaron aún más, libres de todo prejuicio. Los “nobles” no necesitan ser inteligentes y racionales, tienen asistentes y consejeros.
Estos hombres de voluntad fuerte, libres de la conciencia culpable y capaces de adaptarse a un mundo siempre cambiante, ya que no abrazan ninguna ideología, se retrotrayeron hacia esferas de influencia solapadas, en donde el poder se convierte de pronto en omnipotencia y en misterio.
Como siempre ha sido, el poder requiere más poder. La vida desea sobrepasarse, incluso, o tal vez sobre todo, poniéndose en peligro, y el interés económico ha sido siempre el interés del poder por excelencia. Simplemente porque una enorme cantidad de dinero, deja de ser dinero y se convierte en un mecanismo que abre todas las puertas y cumple todos los deseos. Millones de dólares pueden convertir a alguien en dios.

He aquí el gran problema. El gran escollo que tiene que sobrepasar la ética de Jonas. Los nobles nunca perdieron el poder. Tampoco estuvieron completamente detrás de ningún bando ideológico, de alguna cruzada moral o religiosa. Por eso, toda vez que perdían terreno en su juego eterno de guerras en las que se deleitan, pues gozan del herir y del violentar, se retrotraían y retiraban sus capitales, siempre avisados con tiempo.

Antes de seguir quiero detenerme un momento y aclarar un punto. Cuando hablo de los de hombres de la voluntad de poder fuerte, hablo sólo y exclusivamente del hombre que detenta el poder político y económico mundial, de los “nobles” que Nietzsche nombra en su “Genealogía de la moral”, y no del hombre de voluntad de poder fuerte que podríamos asociar con Zaratustra y el Übermensch, y con una superación del hombre histórico, y que a mi parecer es el verdadero hombre de voluntad fuerte, y que se debe buscar más en ámbitos místicos que en ámbitos de política contingente. No es mi intención hacer un estudio de la voluntad de poder fuerte en esta ocasión. Sigo.
No es un secreto para nadie que Estados Unidos y su economía son el poder hegemónico en todo ámbito en este momento. Su poder militar es incontrarrestable y nos encontramos nuevamente, así como el mundo conocido de la época, bajo el dominio del imperio romano, obligados a rendir pleitesía y entregar nuestras economías a un mercado dominado por el dólar. Esto es así, porque hoy, al igual que ayer, “la nobleza política” que constituye una especie de “raza” multiracial se encuentra en todo el planeta sirviendo a los intereses del poder.

Es interesante observar también, y volviendo a Jonas, cual es la posición de este poder incontrarrestable e invariable, frente a la cuestión medio ambiental, que es la que más le preocupa a nuestro filósofo.
El gobierno de W. Bush, aparte de la guerra inventada a expensas del pueblo afgano y del pueblo iraquí, y de toda la devastación que producen las empresas norteamericanas en todo el mundo, protegidas por su gobierno, ha, además, abrogado normas que conferían un mayor poder al gobierno para negar contratos a empresas que violan leyes federales y medioambientales. Ha roto la promesa de campaña de invertir 100 millones de dólares al año en la conservación forestal. Se ha negado ha ratificar el Protocolo de Kioto de 1997, firmado por 178 países para frenar el calentamiento global. Ha rechazado un acuerdo internacional para reforzar el tratado de 1972 que prohibe la guerra bactereológica. Ha reducido en 500.000 millones de dólares el presupuesto de la Agencia para la protección del Medio ambiente. Ha incumplido su promesa de campaña de regular las emisiones de dióxido de carbono, factor determinante del calentamiento global. Ha impulsado el desarrollo de armas nucleares menores, diseñadas para atacar objetivos subterráneos, lo que supone una violación del tratado contra pruebas nucleares y ha propuesto la venta de áreas protegidas en Alaska que cuentan con reservas de petróleo y gas, entre otras cosas .
Es con estos hombres que Jonas tiene que tratar. Son estos hombres los que deben ser “responsables” con el medio ambiente, y al parecer, y como era de esperar, el interés que despierta en el poder político imperante, y que es manejado por el hombre de voluntad fuerte, libre de culpa y de conmiseración, el destino de animales, vegetales y los millones de seres humanos que nunca fueron como él, es nulo. De la misma forma, también es de esperar que este hombre sea capaz de morir o de destruir todo a su paso antes de perder tal poder. Al estilo de Hussein, al abandonar Kuwait.
Estados Unidos y la “nobleza poderosa” están nuevamente embarcados en un juego de poder incompasivo, esta vez, en un juego en el que por primera vez podrían perder su hegemonía. La guerra contra Irak, como ya comienza a inferirse, es la primera parte de la guerra contra Europa y el Euro. La historia se repite. El imperio deviene en ruinas y el hombre poderoso de la voluntad de poder fuerte saldrá ileso.
Volvamos al temor de Jonas. La “heurística del temor” aparece como un método acorde con estos tiempos “llenos de peligros terminales” y con la gran destrucción de vida natural y humana que el hombre ha llevado a cabo desde que posee el poder sobre la técnica o viceversa, y sobre todo después de una guerra mundial en donde el cuasi exterminio de un pueblo entero fue permitido.
Digamos que tener miedo es plausible, dada la naturaleza humana que hemos retratado someramente. Los humanos tenemos la desgracia de que, una vez maltratados, maltratamos. Nada es menos sorprendente que el hecho de que los niños que han padecido abusos acaben un día abusando de sus propios hijos. Después de que los estadounidenses bombardearan repetidamente a los pacíficos y neutrales camboyanos, masacrando a cientos de miles durante la guerra de Vietnam, los camboyanos acabaron volviéndose los unos contra los otros, masacrándose esta vez por su cuenta. Después de que la Unión Soviética perdiera veinte millones de personas durante la segunda guerra mundial, decidió prevenirse contra cualquier intento de injerencia externa invadiendo y dominando casi todos los países con los que lindaba.
Una vez martirizada, la gente suele enloquecer y acaba por tomar medidas drásticas e irracionales para protegerse. El caso judío-palestino es paradigmático. Una vez que los judíos han sido perseguidos en todo el mundo y casi exterminados en la segunda guerra, no dejarán, una vez en el poder, que nadie vuelva a tocarlos y se mostrarán tan opresores como fueron con ellos. Esta vez le toca a los Palestinos. Demás está decir que tenemos nuestros propios ejemplos.
Tener miedo es por tanto, bastante entendible. La verdad es que se puede tener miedo de casi todo. Hasta de lo más cercano. Del vecino que gusta impresionar y tiene un arma, del conductor de locomoción colectiva que no sabe leer y conduce a 90 km por hora, del carabinero en motocicleta que imita películas norteamericanas, y que puede ser un vecino; de los conductores, de los peatones, de las enfermedades, de los perros, de los gatos, los insectos, del ácaro del polvo, del alcohol, las drogas, ingeridas por uno o por el mismo vecino, etc. La vida es en sí muy peligrosa.
Si bien la heurística del temor o simplemente el temor, sería un mecanismo de aplicación discreta que nos llevaría, idealmente, a la prudencia y al recato frente a las acciones técnicas que puedan implicar nuestra propia eliminación o decadencia, su aplicación ideológica o política, que es básicamente la idea de Jonas, y que ya es utilizada ampliamente en ámbitos económicos y militares, nos llevaría, si entendemos lo que venimos diciendo, al resultado contrario.

El paso que hay entre la heurística del temor y la cultura del miedo, es insignificante. El uso discreto del temor ya es utilizado por los “nobles” en las esferas del poder, a través de los medios de comunicación masiva. Como podemos inferir, la utilización del miedo para fines de consumo es un descubrimiento de psicólogos y psiquiatras, todos tipos de voluntad débil, utilizado sin ninguna conmiseración por el hombre de voluntad fuerte.
La relación que hay entre miedo y consumo es lo que mueve la macroeconomía imperante. Es así como cualquier gesto político amenazante moviliza inmediatamente los capitales y los ánimos. A pesar de la debacle económica en la se encuentra Estados Unidos, después del ataque a las torres gemelas, que si le creemos a Thierry Meyssan , y a la reciente historia norteamericana, habría sido otro horripilante montaje de los grupos de poder detrás del poder, la industria armamentista y de productos en general, tanto como la venta de seguros de todo tipo, aumentaron considerablemente dentro y fuera de norteamerica. Sin contar con los enormes negocios petroleros producidos por la guerra de Afganistán e Irak, para el lobby del petróleo.
Lo cierto es que mantener al pueblo, o a los hombres de voluntad débil al borde del colapso nervioso, temerosos de un nuevo terremoto, una nueva guerra, el ataque de abejas asesinas, el aumento exponencial de la delincuencia, la destrucción del planeta, a resultado muy beneficioso para los intereses políticos y económicos dominantes.
Contrariamente a lo que podría pensar Jonas, es precisamente el miedo lo que nos ha llevado a la situación de total depredación del medio ambiente, y a continuar la carrera armamentista, y a querer dominar la vida, antes que esta nos devore con su muerte.

El curioso drama de lo humano es que lo mejor resulta enemigo de lo bueno, y que más allá de un cierto punto, las virtudes y las buenas intenciones humanas constituyen vicios. Es decir, toda virtud ya es, a la vez, su contrario, y ello se hace muy patente cuando existe cierto nivel de intensidad de su ejercicio. Por ello, por ejemplo, el ideal de la paz y del mantenimiento de la vida humana es enormemente sano, en tanto no encarne en ideal fuerte, pues llegado el caso alguien podría hacer la guerra, o cometer toda clase de arbitrariedades en nombre de salvaguardar lo “humano” y la paz. Es claro que las idealizaciones permiten siempre satanizar al adversario y sus proyectos, y considerar angélico e incontaminado el propio punto de vista, que aparece ignorado en tanto se señala solamente los errores adscriptos a los demás: toda actividad inquisitorial se basa en estos mecanismos síquicos y discursivos.
Quiero pensar que el proyecto de Jonas es inocente de toda confabulación consciente para mantenernos aterrorizados y que no respondería al uso planificado e indebido de nuestra maltratada inocencia por parte de los eternos “nobles”, que se alimentan de nuestra inestable culpabilidad. Más bien quiero pensar que Jonas es un hombre de voluntad débil que resiente el poder del poderoso y que teme al futuro incierto y a toda transformación de su condición actual, ganada con esfuerzo. Un pesimista conservador inocente, que inconscientemente trabaja para el orden establecido.

A.S.

“Sucede que nuestras fuerzas nos empujan de tal modo hacia delante, que no podemos soportar ya nuestras debilidades y perecemos por ellas; también nos sucede que prevemos este resultado, y, sin embargo, no queremos que sea de otra manera. Entonces nos hacemos duros para con lo que debiera ser mimado en nosotros, y nuestra grandeza es también nuestra barbarie. Tal catástrofe, que terminamos por pagar al precio de nuestra vida, es un ejemplo influencia general que ejercen los grandes hombres sobre los demás y sobre su época - justamente con lo que tienen de mejores, con lo que ellos saben hacer, arruinan a muchos seres débiles e inexpertos, que están aún en su desarrollo y en sus comienzos - , y que por esto son nocivos. El caso puede también presentarse donde sobre todo no hacen más que perjudicar, puesto que lo que tienen mejor no es absorbido sino por lo que en ello pierden su razón y su ambición, como bajo la influencia de una fuerte bebida: se colocan en tal estado de embriaguez, que sus miembros se romperán en todos los malos pasos a que les conduzca su borrachera ”

Friedrich Nietzsche

La técnica.



Estamos viviendo en tiempos confusos, y la causa de esta sensación de confusión, es lo inadecuado de las antiguas formas de pensamiento para manejar nuevas experiencias. Se dice que la única forma real de aprender resulta de las dificultades, donde en lugar de expandir las "ramas" de lo que se sabe, debemos detenernos y derivar lateralmente por un tiempo hasta que tropezamos con algo que nos permite expandir las "raíces" de lo que ya conocemos. El problema estriba en que la expansión tiene que hacerse en las raíces, no en las ramas.

Si retrocedemos los últimos tres mil años encontraremos que , a pesar de parecernos ver pautas nítidas y encadenamientos de causas y efectos que habrían hecho de las cosas lo que son, estas causas nunca fueron aparentes en el tiempo en que se suponía estaban operando. Durante las épocas de expansión de las "raíces" todo ha parecido tan confuso, caótico y privado de propósito como en la actualidad.

Pero a pesar de esta sensación general de inestabilidad, hay ciertos hombres que se han internado profundamente en los dominios de la razón hasta desentrañar las misteriosas "raíces" de todo lo que se nos aparece como provocándonos desde su esencia. Heidegger es uno de esos hombres, y la conferencia "La pregunta por la técnica" es un ejemplo de este "internarse profundamente. Pero Heidegger es Heidegger y nosotros somos nosotros. Debemos cuidarnos de internarnos demasiado en lo misterioso, no vaya a ser que sólo encontremos la locura. La verdad es que este "internarse” es enorme y peligroso y corre el riesgo de extraviarse o disiparse en su propio internar. Por eso el pensamiento de Heidegger se nos aparece como un esfuerzo implacable de llegar a destino, aunque en la travesía no lo sepamos y en la meta nos encontremos ante un nuevo destino. Sin embargo debemos ver que la obra de un hombre, se remite al hombre, a su lugar en el tiempo y en el espacio y a sus circunstancias. En un mundo en que los avances tecnológicos amenazan con la omnisciencia , debemos cuidamos de creer que escuchamos a Dios hablando para la eternidad desde la obra de una persona.

La pregunta por la técnica nos remite a la pregunta por nuestra relación con la técnica. Lo que nos hace preguntarnos esto, es que pereciera ser que la tecnología no está conectada en alguna forma real con los asuntos del Ser. Por eso la vemos cometer actos ciegos y destructores y algunos la consideran despreciable, o simplemente la odian. Antes no se había prestado tanta atención a esto, porque la gran preocupación era pan , techo y abrigo para todos y la técnica cumplía con este aprovisionamiento. Pero ahora que una gran parte de los hombres está asegurado, se observa cada vez más la fealdad y el daño, y comenzamos a preguntamos si es siempre necesario sufrir espiritual y estéticamente a fin de satisfacer nuestras necesidades materiales. De ahí el surgimiento de tendencias anticontaminantes, comunidades antitecnológicas y estilos de vida.

Pero pareciera ser que el problema es distinto y no necesita una toma de partido que , por lo demás, siempre es sentimental. Heidegger nos propone un camino en que la técnica se nos aparece como una interpelación que pide una correspondencia.





Preguntando por la técnica

La conferencia de Heidegger, "La pregunta por la técnica", nos propone un interesante camino de reflexión. Una manera de caminar que nos pone en "correspondencia con la esencia de la técnica moderna”. Es interesante constatar también que , para determinar una verdadera interpretación de la técnica es necesario delimitarla, en relación con su esencia, la que no es en absoluto, algo técnico.

Entonces este camino del preguntar por la técnica, es un camino que se aleja de la concepción corriente de esta, a saber, que la técnica es un medio y un hacer del hombre. Esta "determinación instrumental y antropológica" de la técnica, si bien es "desazonadóramente correcta", no desoculta, en absoluto, la esencia de la técnica moderna porque sólo allí donde acontece el desocultar, acontece lo verdadero. Por eso, lo meramente correcto no es aún lo verdadero.

Si lo que queremos es alcanzar la esencia de la técnica, es decir, la relación que esta mantiene con el ser, entonces debemos verla como manifestación de lo trascendental, pura y simplemente, o como modo de develar del ser, en la cual predomina un mostrarse (o un sustraerse) del ser mismo.

Heidegger nos dice entonces, que la técnica no es simplemente un medio. La técnica es un modo del desocultar . Este modo del desocultar se da en el ámbito del desocultamiento, esto es, en el de la verdad (alhqeia).

Pero la verdad, para Heidegger, no es la adecuación entre el pensamiento y la cosa, sino la rectitud a la interpretación más originaria, a la develación.

Mediante esta búsqueda de la verdad , en cuanto desocultamiento, la existencia cobra conciencia de la esencia de la técnica y se percata hasta qué punto en la esencia misma de la técnica radica el límite de ésta. El saber acerca del ente hunde necesariamente sus raíces en la esencia de la existencia, a saber, en la trascendencia. Pero la técnica misma no es dueña del trascender. Por eso cada técnica dispone de su propio horizonte de comprensión, que no puede proyectar ella por sí sola y menos aún, rebasar.

El desocultar técnico, devela todo como "constante" (Bestand), y sólo como eso. Esta palabra (Bestand), es necesario entenderla en el sentido de "existencias", de "stocks", "reservas", de "subsistencias". Todo (lo ente en su totalidad) toma lugar de golpe en el horizonte de la utilidad.

Mediante un cálculo global , lo ente es puesto como disponible para el consumo. Esta disponibilidad lleva a los entes de consumo a la reemplazabilidad casi inmediata. A todo ente de consumo le es esencial que ya sea consumido.

El occidental moderno, resulta entonces, como esencialmente cambiante e inconstante, como consagrado al movimiento continuo y a la agitación incesante sin aspirar a salir de ellos; su estado es, en definitiva, el de alguien que no puede llegar a encontrar su equilibrio, pero que al no poder hacerlo, se rehusa a admitir que sea una cosa posible en sí misma o simplemente deseable. Este estado en que se encuentra, producto de la transformación de los objetos en entes de consumo; transformación de la cual no es testigo más que como constanciador de lo constante , lo hace permanecer encerrado y complacido de su encierro, ya que siendo él mismo "constante", no sabe que lo es.

Esto, en lo que está encerrado el hombre, a saber, el destino de lo dispuesto, no le exige que lo conduzca hacia el desocultamiento, más bien el hombre está tan decisivamente metido en las consecuencias de la provocación de lo dispuesto, que no lo percibe como una interpelación y se pasa por alto a sí mismo como lo interpelado y con esto desoye también todos los modos que le indicarían hasta qué punto él existe desde su esencia en el ámbito de una llamada (Zuspruch).

Dentro de este encierro o destino,, el hombre mismo pasa a ser comprendido y tratado como simple mano de obra. A pesar de esto, éste experimenta vanidad a partir de su impotencia. Como si bastara con marchar en cualquier dirección para avanzar con seguridad, ni siquiera sueña con preguntarse hacia qué avanza.

Pero el pensar técnico no se queda sólo con esto, sino que además conspira contra todo pensar que no calcule técnicamente. Ignora resueltamente todo lo que lo sobrepasa y así se vuelve plenamente independiente. Pero esta independencia de la cual se vanagloria no se concreta sino a partir de su limitación misma. Más aún, llega hasta negar lo que ignora, porque ese es el único medio de no reconocer tal ignorancia.

Por esta característica del pensar técnico es, sin duda inquietante, el hecho de que es precisamente el rigor, la sobriedad, y la exactitud de la filosofía, las que se oponen a la conmoción que nos ilumina desde la poesía, el arte y la religión. Es la filosofía la que con sobria firmeza se defiende de toda poetización o interiorización que conduzca a expresiones metafóricas demasiado incontrolables, a misticismos llenos de vaguedades. Pero este no es el lugar para profundizar tales consideraciones.

Antes de seguir quisiera hacer algunos comentarios:

Cuando Heidegger hace una nítida diferencia entre la técnica artesanal y la técnica moderna, cuya esencia llama disposición o imposición (Ge-stell) y propone como ejemplo la agricultura, poniendo precisamente como diferencia entre una y otra, el que tradicionalmente, el campesino no pro-vocaba al campo sino que al sembrar las simientes, abandonaba él la siembra a las fuerzas del crecimiento y guardaba su germinación , en contraposición con la moderna industria motorizada de la alimentación , donde el campo es ahora exigido como algo meramente explotable, y agrega que este exigir está subpuesto (abstellen) de antemano a lo otro que se exige, esto es, impulsar la utilización mayor que sea posible con el mínimo esfuerzo.

Sin embargo, no me parece tan nítida esta diferencia entre el antiguo modo de sembrar y cosechar y los modernos métodos agronómicos. Si bien la finalidad pareciera haber cambiado, esta "nueva" finalidad está constituida por diferencias en la cuantificación de la demanda, más que por cambios en el modo de relacionarse con la tierra.

La sobrepoblación, desde la cual nos toca hablar, es sin duda, uno de los motivos principales de la erosión de los suelos y de los cambios climáticos; ya sean provocados por la acción directa de algunas empresas o por la sola existencia de millones de insensatos depredadores. Estos cambios climáticos provocan a su vez la necesidad de nuevas tecnologías que ayuden a restablecer aquellos estado en los cuales el agricultor podía abandonar él la siembra a la fuerza del crecimiento . En un momento en que las aguas son prioritariamente utilizadas para generar la energía que necesita esta gran masa informe, el riego debe esperar de la técnica una nueva oportunidad de cuidar y hacer crecer.

En segundo lugar no me parece tan claro que la técnica artesanal no se haya impuesto incondicionalmente sobre los entes; que los respetaba, sino que por el contrario es precisamente de esa técnica , que la técnica moderna ha comprendido las posibilidades de su aplicación. El exigir que pone al campo como algo meramente explotable no hay que entenderlo en la técnica moderna más que como el producto de su propia eficiencia. Es esta eficiencia la que se nos aparece como desconsiderada explotación. Aún ahora sigue el campesino moderno abandonado a los ciclos del cielo y de la tierra, y la técnica que pretende sustraerse de esto es retirada tarde o temprano del mercado. Sigue el campesino, al que la demanda ha convertido en un empresario, cuidando y protegiendo el cultivo, más ahora que las condiciones son adversas y a espacio reducido.

Por otro lado, la necesidad de actividad exterior llevada a un grado tal y el gusto del esfuerzo por el esfuerzo independiente de los resultados que se puedan obtener de él, no son naturales en el hombre; semejante situación se ha vuelto en cierto modo natural para el occidental moderno. Aquel que no dispone de ningún medio de sustraerse a la agitación, sólo puede satisfacerse en ella. Es así como el tiempo ganado gracias a la tecnología, es reinvertido en lo mismo de lo que fue liberado, a saber, el trabajo productivo y el pensar calculante.

Contando con estas breves consideraciones, podemos volver a nuestra reflexión.

Veíamos que el desocultar técnico, que mide y calcula, se erige como el único, excluyendo todos los demás y ni siquiera viendo que él mismo es un desocultar, y sólo un modo de él- del verificar . Entonces queda claro que si la esencia de la técnica trae al hombre indudables ventajas, conlleva también este peligro, que ya no es un peligro, sino que es "el" peligro, y como la esencia de la técnica es una manifestación del Ser , este peligro no puede ser alejado o conjurado por el hombre que se atiene sólo a sí mismo. Pero el hombre es el "ahi " del Ser y en cuanto a tal, puede y debe cooperar en el advenimiento de un nuevo destino, en que supere el peligro.

Pero, ¿cómo puede el hombre cooperar en el advenimiento de un nuevo destino en que se haya superado el peligro?. Solamente es posible que el hombre en tanto ser-ahí coopere en este advenimiento; porque también el provocar en el establecer lo real como lo constante, sigue siendo todavía un destino, que lleva al hombre a un camino del desocultar.

Pero entonces vemos en la técnica moderna una esencia ambigua que constituye por una parte, "el" peligro, y por otra conlleva y se expresa como "lo salvador", en cuanto posibilidad del desocultar. No hay que perder de vista esta ambigua esencia de la técnica pues lo irresistible del establecer y lo retenido de lo salvador pasan el uno delante del otro, como en el curso de los astros, la trayectoria de dos estrellas. Pero éste, su respectivo evitarse, es lo velado de su cercanía.

¿Cómo aparece lo salvador dentro de lo violento del establecer, que disloca toda mirada para el acontecimiento del desocultamiento? . Aparece lo salvador en cuanto lo dispuesto acontece en "lo confiador", lo que permite al hombre perdurar en su papel de custodio de la esencia de la verdad, del desocultamiento. Es esta dimensión del hombre la que hace que dentro del peligro emerja una manifestación de "lo salvador".

Pero, ¿cómo puede "lo confiador" darse en el destinar de lo dispuesto que pro-voca?. Heidegger pregunta si: ¿puede aún llamarse a este destinar un confiar? y se responde: Cierta y completamente, siempre que en este destino deba crecer lo salvador , y agrega lo confiador que destina de una manera o de otra en el desocultamiento es , en cuanto tal , lo salvador. Pues, éste permite al hombre intuir la más elevada dignidad de su esencia e ingresar en ella. Dignidad que consiste en custodiar el desvelamiento y con él previo velamiento de todo ser sobre la tierra.

Entonces, el surgimiento de lo salvador se nos aparece como una posibilidad. Posibilidad que requiere un comenzar a prestar atención a la esencia de la técnica es decir, si consideramos lo que esencia en la técnica, en lugar de permanecer embelesados sólo en lo técnico. Mientras concibamos la técnica como instrumento, vamos a permanecer apegados a querer dominarla y omitimos la esencia de la técnica.

Si lo irresistible del establecer y lo retenido de lo salvador son trayectorias de dos estrellas , entonces la pregunta por la técnica es la pregunta por la constelación , la marcha estelar de misterioso. Es en esta constelación en donde acontece el desocultamiento ocultamiento , en la que acontece apropiadamente lo esente de la verdad.

Pero Heidegger nos dice que todo esto no basta, que el meditar sobre la constelación de la verdad, es decir, mirar el peligro y ver el crecimiento de lo salvador, de por sí, no nos salva. Este meditar, más bien nos pone reclamados en la creciente luz de lo salvador , siempre que aquí y ahora y en lo humilde, cuidamos el crecimiento de lo salvador. Esto implica que mantengamos siempre ante la vista el peligro más extremado.

Pero el hacer humano jamás puede conjurar por sí solo la amenaza que lo esente de la técnica hace al desocultar, amenaza que convierte todo desocultar en un simple desvelamiento de lo constante. Sin embargo, plantea Heidegger, la reflexión humana puede meditar que todo lo salvador tiene que ser una esencia más elevada , aunque emparentada al mismo tiempo con lo amenazado por el peligro.

Ya nos dijo Heidegger , que la esencia de la técnica no es nada técnico. Entonces, esta reflexión humana sobre la técnica tiene que darse en un ámbito que de un lado está emparentado con la esencia de la técnica y de otro, es, sin embargo, fundamentalmente distinto.

Este ámbito es el arte,, en cuanto desocultar que aporta y produce, y que por eso pertenece a la poihsiz. Heidegger está pensando en el arte que llevó en Grecia el nombre tecnh y en como esta tecnh reunía todo desocultar que produce la verdad en el brillo de lo que aparece.

Este hecho que Heidegger nos indica, a saber, que por algún tiempo las Bellas Artes hayan tenido también el nombre con el cual se designa la técnica (tecnh), nos da una pista de hacia donde debe ir nuestra reflexión y cómo debemos entender a la técnica y por cierto, a la reflexión artística, siempre y cuando, esta última no se cierre a la constelación de la verdad, tras la cual vamos (Fragen).

Entonces Heidegger se pone y nos pone ante un problema aún mayor, y es que cuanto más interrogadóramente meditemos sobre la esencia de la técnica, tanto más plena de misterios se nos vuelve la esencia del arte.

Entonces lo mejor es detenernos junto con Heidegger y no arriesgar ni una sola palabra antes de meditar largamente sobre estas últimas reflexiones preñadas de nuevas preguntas.


CONCLUSIÓN

Lo que sacude a algunos espíritus cuyas preocupaciones están volcadas en su totalidad a lo exterior, son las aplicaciones a las que la técnica da lugar, en su carácter ante todo práctico y utilitario, y es sobretodo gracias a las invenciones mecánicas que el espíritu técnico adquirió su desarrollo. Son estas invenciones las que han suscitado, desde principios del siglo XIX, un verdadero delirio de entusiasmo, porque parecían tener como objetivo el aumento del bienestar corporal que es, manifiestamente, la principal aspiración del mundo moderno; y, por otro lado, sin caer en cuenta de ello, se creaban todavía más necesidades nuevas que no se podían satisfacer; así, una vez que se comenzó a transitar esta vía, no parece que sea posible detenerse pues siempre se necesita de algo nuevo. Pero, sea como fuere, son estas aplicaciones las que han cimentado fundamentalmente el crédito y el prestigio de la técnica.

Esta relación entre técnica y bienestar corporal es muy difícil de derribar, y es ahí donde radica el gran poder del pensar calculante y la miseria del pensar meditativo. Sin embargo Heidegger nos exalta en cuanto "ahí" del ser, y así nos vemos llevados a cooperar con el advenimiento de un nuevo destino. Pero en definitiva, ¿cómo cooperamos con este advenimiento?: manteniendo siempre a la vista el peligro más extremado, cuidando así el crecimiento de lo salvador.

A.S.

BIBLIOGRAFíA

- Heidegger, Martín. "Ciencia y Técnica". Edit. Universitaria. 1993.