"La lenguaje no es creado por el individuo, sino el lenguaje es el que crea al individuo."

"Masas concurridas; la identidad ha muerto. Es vuestra vida, es vuestra deserción."

"Los necios e ignorantes no aspiran a adquirir conocimiento, pues el verdadero mal de la incultura está precisamente en que sin saber nada creen saber mucho"

miércoles, 23 de julio de 2014

Trotsky, Goethe y la felicidad.


Apenas dejé las drogas
caí en la siguiente trampa:
la Revolución.

La Revolución se llamaba Luisa
y tenía caderas increíblemente estrechas,
ojos fulgurantes, cabello negro
en movimiento, venía de París
y era trotskista.

Vivimos juntos en una casa
subsidiada, decidimos
cuidar la línea, nos creímos
incluso enamorados; fui retórico
cuando ser retórico era lo que se esperaba,
agité las banderas, cuando el ondear de las banderas
era lo esperado; desayunaba
en contra de los preceptos
del Gran Timonel
con una botella de vermut
y una delicada decadencia
en la cama.

Esto es la felicidad, pensé.
Esto es la felicidad, le dije a Luisa.
Por qué no simplemente nos olvidamos de la Revolución,
la retórica vacía y las banderas
y los debates interminables
sobre las fábricas en Shanghai
y nos la vivimos en una terraza tranquila
donde pueda tomarme una cerveza en paz
y mientras tanto
escribir un poema o dos
et du reste l’amour?

¿Y Trotsky? Gritó Luisa,
¿Y los camaradas en la cárcel?
¡Tu felicidad burguesa apesta! ¡Cerveza
y poemas mientras la Revolución
está siendo organizada!

Todo fue cuesta abajo desde entonces. Una vez
llegué borracho a casa con una fulana
y Luisa se me dejó venir con
un cuchillo. Ella se fue
con un grupo de mujeres y yo
tuve que tomar lo que me venía:
normalmente sólo cerveza y de vez en vez
una estudiante neurótica, después ni siquiera eso.
Que esto y que lo otro
me echaron a la calle.

Me mudé entonces a otro sitio.

Eso fue hace muchos años pero recientemente
conocí a una chica que se mueve aún
en esos círculos. Le pregunté por Luisa.

Luisa, dijo la chica,
se regresó a París.
¿Ya es miembro del Comité Central? Pregunté.
Oh no, me dijo, se casó con un
profesor que estudia a Goethe.

Esa noche bebí todo lo posible,
bebí como alguien hastiado de la vida, pero ayer
cuando pasé por aquella casa -la cual por cierto
se ve bastante jodida,
déjà vu absoluto-
pensé, bueno,
quizá tuviste suerte después de todo.

JÖRG FAUSER