Ahora bien, la armonía de la felicidad en el mundo, con el merecimiento de ser feliz (si una tal armonía ha de acontecer de manera permanente) es una consecuencia contingente de los sucesos del mundo.
Por consiguiente, esta armonía, si ya existe o si se le postula, debe tener también una causa (y una causa tal, que sea diferente de todas las causas en el mundo).
Esta causa debe de residir en el mundo y en los seres que en él se encuentran, pues la ley de la causalidad se refiere sólo a seres sensibles. Pero puesto que esta armonía no puede ser conocida por nosotros, en comparación con su principio de perfección, como adecuada a toda eternidad, ni a la totalidad del mundo, entonces tal armonía es cosa de fe. O más bien el conocimiento de la posibilidad de ella pertenece al fundamento inteligible a saber, tanto de la existencia de seres racionales como de la existencia de seres libres la causa de cuya existencia según la catego.
Immanuel Kant (Hojas sueltas acerca de "Los Progresos de la Metafísica".) 1804

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