Apenas dejé las drogas
caí en la siguiente trampa:
la Revolución.
La Revolución se llamaba Luisa
y tenía caderas increíblemente estrechas,
ojos fulgurantes, cabello negro
en movimiento, venía de París
y era trotskista.
Vivimos juntos en una casa
subsidiada, decidimos
cuidar la línea, nos creímos
incluso enamorados; fui retórico
cuando ser retórico era lo que se esperaba,
agité las banderas, cuando el ondear de las banderas
era lo esperado; desayunaba
en contra de los preceptos
del Gran Timonel
con una botella de vermut
y una delicada decadencia
en la cama.
Esto es la felicidad, pensé.
Esto es la felicidad, le dije a Luisa.
Por qué no simplemente nos olvidamos de la Revolución,
la retórica vacía y las banderas
y los debates interminables
sobre las fábricas en Shanghai
y nos la vivimos en una terraza tranquila
donde pueda tomarme una cerveza en paz
y mientras tanto
escribir un poema o dos
et du reste l’amour?
¿Y Trotsky? Gritó Luisa,
¿Y los camaradas en la cárcel?
¡Tu felicidad burguesa apesta! ¡Cerveza
y poemas mientras la Revolución
está siendo organizada!
Todo fue cuesta abajo desde entonces. Una vez
llegué borracho a casa con una fulana
y Luisa se me dejó venir con
un cuchillo. Ella se fue
con un grupo de mujeres y yo
tuve que tomar lo que me venía:
normalmente sólo cerveza y de vez en vez
una estudiante neurótica, después ni siquiera eso.
Que esto y que lo otro
me echaron a la calle.
Me mudé entonces a otro sitio.
Eso fue hace muchos años pero recientemente
conocí a una chica que se mueve aún
en esos círculos. Le pregunté por Luisa.
Luisa, dijo la chica,
se regresó a París.
¿Ya es miembro del Comité Central? Pregunté.
Oh no, me dijo, se casó con un
profesor que estudia a Goethe.
Esa noche bebí todo lo posible,
bebí como alguien hastiado de la vida, pero ayer
cuando pasé por aquella casa -la cual por cierto
se ve bastante jodida,
déjà vu absoluto-
pensé, bueno,
quizá tuviste suerte después de todo.
JÖRG FAUSER
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