Los conquistadores saben que la acción es en sí inútil. Sólo hay una acción útil, la que reharía al hombre y a la tierra. Yo no reharé nunca a los hombres. Pero hay que hacer "como sí", pues el camino de la lucha me hace volver a encontrar la carne. Aunque humillada, la carne es mi única certidumbre. Solo puedo vivir de ella. La criatura es mi patria. Por eso he elegido este esfuerzo absurdo y sin alcance. Por eso estoy del lado de la lucha. La época se presta para ello, como he dicho. Hasta ahora la conquista del conquistador era geográfica. Se medía por la extensión de los territorios vencidos. Por algo ha cambiado el sentido de la palabra y ya no designa el general vencedor. La grandeza ha cambiado de campo. Está en la protesta y en el sacrificio sin porvenir. Pero no es por complacencia en la derrota. La victoria sería deseable. Pero sólo hay una victoria y es eterna. Es la que no conseguiré nunca. Con eso es con lo que me tropiezo y me atasco. Una revolución se realiza siempre contra los dioses, comenzando con Prometeo, el primero de los conquistadores modernos. Es una reivindicación del hombre contra su destino: la reivindicación del pobre es solo un pretexto. Pero no puedo captar este espíritu sino en su acto histórico y ahí es donde me reúno con él. No se crea, sin embargo, que me complazco con ello: frente a la contradicción esencial defiendo mi contradicción humana. Instalo mi lucidez en medio de lo que niega. Exalto al hombre ante lo que lo aplasta y mi libertad, mi rebelión y mi pasión se unen con esa tensión, esa clarividencia y esa repetición desmesurada.

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