La historia, entendida como ciencia que tiene el pasado ante si como su objetivo propio, presupone y desarrolla la absoluta insensibilidad a los valores y a la jerarquía de éstos: por un lado, de hecho, el historiador parte de la convicción de que todo lo que ha acontecido en la historia es comprensible, es decir, esté a su nivel o al de una común "humanidad" que acaba por ser una común mediocridad, en la que no hay lugar para lo que es grande; por otro, además, la historia pretende explicar precisamente como historia, es decir, como producto de determinadas situaciones, todo lo que acontece relativizando todas las cosas y destruyendo el valor.
Así entendida, la historia es simultáneamente el fundamento y la expresión característica de la moderna civilización de masas, en la que las exigencias de la producción requieren un tipo medio de hombre, suficientemente informado, pero carente del sentido de individualidad y dominado por el instinto gregario: el orgáno de esta cultura de masas, democrática y cosmopolita pero sin raíces, es el periodismo. Al genio y al profeta, como figuras-guía válidas en todo tiempo las ha sustituido el periodista, que esta al servicio del momento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario